Quienes los conocen hablan de dos tipos de empresarios antioqueños. Unos, modernos, socialmente sensibles, tecnológicamente adelantados, globalizados y culturalmente educados en otras latitudes; otros, rústicos y gamonales, representantes de una economía puramente extractiva, casi feudal, y muy centrados en el interés propio y en la búsqueda de ganancia individual.
Estos últimos son los mismos que llegaron al Urabá el siglo pasado y montaron la explotación bananera con muy poco contenido social para sus habitantes; los que, en Córdoba y Sucre, junto con terratenientes locales, están detrás del daño ambiental ocasionado en La Mojana o los que hacen minería irresponsable en muchas partes del país.
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