En el imaginario está un joven que impartía cívica, ética, principios de solidaridad y trabajo colectivo, lideraba al grupo de ‘Boy Scouts’ en el que muchos niños, adolescentes y jóvenes aprendieron del respeto y cuidado por la naturaleza; coadyuvó en las tareas de la ‘caravana del ladrillo’, junto al sacerdote Albeiro de Jesús Bedoya García, para la construcción de la iglesia del barrio; procuró que el parque, que hoy lleva su nombre (Guzmán Quintero), tuviera una oferta para quienes en esa época eran niños, adolescentes y jóvenes, y participó de las luchas de las clases populares para que los barrios bajos y periféricos del occidente de Valledupar tuvieran un colegio digno que atendiera la demanda educativa, y esa lucha estudiantil se vio recompensada en lo que hoy es el colegio Upar, misma lucha que libraron el Instituto Técnico Industrial Pedro Castro Monsalvo, Instpecam, y el Colegio Nacional Loperena por la defensa de la educación pública, y que terminó estigmatizando al Movimiento Estudiantil de la década del 90.
Guzmán Quintero se fue a Barranquilla a formarse como periodista, eran tiempos difíciles. Algunos jóvenes migraron, otros fueron desplazados, otros desaparecidos, otros asesinados, otros se fueron a servir en la guerra: en un bando u otro y en la institucionalidad. Desde entonces mucha agua ha pasado por debajo del puente del río Guatapurí.
A su regreso, en el Valle del Cacique Upar están sucediendo una serie de hechos que el periodista va a ir relatando como un compromiso y responsabilidad con el tiempo y el lugar en el que le correspondió y decidió vivir.
















