Cuando salimos a las calles de Valledupar, reverberantes de sol y alegría, a ver la danza de El Pilón, que abre el Festival, pasa desapercibido el mensaje de las mujeres que bailan y muestran instrumentos de trabajo mañanero; ellas, las piloneras, además de lucir bellos trajes típicos y de danzar alegres, recuerdan el talante trabajador de la mujer cesarense, en este caso del norte del departamento, pilaban, amasaban cocinaban. ¿Simple verdad? Pues no, eso encierra muchas connotaciones: la mujer enjundiosa que no le teme al trabajo, la mujer, hogareña que conserva las buenas costumbres; la enérgica que no se amilana ante la precaria situación económica; la mujer fuerte que soporta el dolor y las tragedias; la mujer esperanzada, esa que con una sonrisa o un verso picaresco lanzaba al aire un canto a la vida. Ahí, y en mucho más, está el prototipo de la mujer cesarense. Valiosa tanto si pertenece a la clase rica como la que está atrás del asfalto, en un rancho de invasión o en un tugurio, creando sueños elementales de un porvenir mejor.
Algún desprevenido puede decir que la mujer cesarense tomó alas y se atrevió más cuando se creó el departamento del Cesar, eso es una verdad, pero no tan rotunda, porque ya Olga Riaño de Valle Meza se había adelantado y dentro de su eficiente actividad política creó el Colegio Femenino Prudencia Daza, hoy mixto.
En la creación del departamento se le dio un pequeño espacio a la mujer: Adelaida de Castro, suplente en la junta organizadora, pero doña Paulina Mejía de Castro Monsalvo se destacó, tomó las banderas de su esposo, Pedro Castro Monsalvo, muerto en accidente de tránsito, unos meses antes de la creación del departamento y trabajó incansable en la creación del Cesar.
















