Sus desmerecidos atuendos de sarga, la roída peineta ceñida al mustio pelambre y el relámpago triste de su mirada, son perfecta analogía de un clausurado imperio. Así, reclinada en su lecho, la musa de los bellos cantos mide en desgarrada balanza el paso innoble del minuto que transcurre, mientras el eco de su risa asmática se confunde con el lúgubre crujido de un molino en la troja. Por los caballetes, con una brizna de hierba en el pico, canta una errante palguarata, y se oye a lo lejos el suave murmullo de los pichones abandonados en el nido.
Entonces, en las hirientes alas de esa nostalgia, me llega la metáfora: Joselina, es revoloteo de ave herida, soledad en reposo y nido deshecho.
HISTORIA DE UN AMOR FALLIDO
Con quebrado acento, Hugo Rodolfo, su único hijo, relata los tormentos padecidos por su madre a la sazón de un diagnóstico incurable, las crueldades de la gastrostomía y los efectos graduales de su demencia senil. “Mi mamá está ahí—acota enternecido—a la buena de Dios” Luego, procurando emotivas y prósperas reacciones, hacemos sonar a sus oídos el tema musical que nos embarga. “Oye Joselina Daza, lo que dice mi acordeón” Y entonces la vemos emerger de sus más recónditos pantanos, con un suspiro triunfal entre sus labios y el agónico aleteo de los brazos que luego yacen sobre el pecho, como un cristo ilusorio, compungido y mortal.
















