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Fredy Molina Daza: “Un vallenato nadaísta”

Su eterna musa decidió arreglarse como si fuera a una de las tantas citas que vivió con su amado.

Su eterna musa decidió arreglarse como si fuera a una de las tantas citas que vivió con su amado. La tarde llena de una brisa veranera, se parecía a aquellas que sirvieron de cómplices en los encuentros que vivieron a escondidas. Se puso el vestido que a él le gustaba verle, el cual había guardado con mucho cuidado. Empolvó sus mejillas color canela y pintó de rojo sus labios como si lo tuviera al frente, mirándola de arriba hacia abajo y cubriéndola de piropos.

Mientras acicalaba su cuerpo, repasaba los cantos de memoria, los mismos que sirvieron para conquistarla. A media voz, como si se tratara de un susurro amoroso proveniente de él, reproduce: “ya tengo tus besos/ya soy feliz”, sin premeditar nada, salta a otra melodía y el verso le sale natural, “tanto te quiero que pienso/sin saber lo que he pensado”, para sellar su recuerdo con música, “hoy traigo un canto lastimero/distinto al que un día canté”.

LA MUSA RELATA

De pronto, todo fue silencio y su rostro se transformó, que la llevó a tomar la decisión de contar tantos viejos recuerdos, que estaban intactos pese al paso inexorable del tiempo. Se sentó en una colorida mecedora. Cogió fuerzas y respiró, mientras hablaba: “Ahora siento como si ese mal momento se estuviera repitiendo, sin importar que hace medio siglo, el dolor nos destrozó y todavía es la hora, que no le encontramos explicación alguna, el por qué tenía que ocurrir en nuestro caserío de corte pastoril, de gente arraigada en sus formas de vida campesina, quienes decidieron elegir y bautizar a ese entrecruce de caminos como Patillal y volverlo el paraíso indicado, donde las hadas madrinas decidieron anclarse y lograr con sus poderes mágicos, convertirse en las mentoras de tanto talento natural y hacer de ese lugar, el más bucólico de este territorio, lleno de sanas costumbres y puertas abiertas, el cual nunca pensó vivir una mala hora, la misma que un día, sin pensarlo dos veces, llegó al final de una tarde del 15 de octubre de 1972, donde se metió en la parranda que siguieron en el pueblo, después de estar en la finca “los Mangos” de Víctor Julio Hinojosa. Todos eran personas que se conocían entre sí y se trataban como familia. Ninguno de ellos se percató de su presencia. Ella llegó y se acomodó como si fuera dueña del jolgorio, veía como se abrazaban, echaban chistes y cuqueaban al bardo creador para que cantara su más reciente creación”. 

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