¡Epa amigo!, fue el grito de saludo que vino de la orilla opuesta del río. Era Blasito Mojica, el de la espeluznante fama de quitavidas y salteador de caminos.
El correista Juan Muñoz contestó la frase con otra de igual llaneza aldeana, pero cuando sus pupilas distinguieron bien al personaje, sintió que se le congelaba la nuca y se le aflojaban las corvas. En un ademán impensado, su mano tocó el cabezote de la rula que en una funda de cuero flecado pendía de su cintura.
Al instante se repuso de su miedo y con gritos de arria dio ánimo a sus cuatro mulas para cruzar la corriente y llegar a la otra ribera donde lo esperaba Blasito.
















