Era la hora en que el pueblo moría devorado por su propio silencio. La brasa del sol señoreaba su ardentía en lo más arriba del cielo dando rebrillo en las hojas de los árboles como presagio de las lluvias que vendrían en abril.
De rato en rato, como único vestigio de vida, con desgarradora tristeza trepidaba el vibrato del rey de los gallineros, respondido al instante por la garganta de otros gallos por allá en los últimos patios.
Era la primera tarde. De repente, en ese pueblo tullido de aburrimiento, se escuchó en la calle el ruido de pisadas afanosas. Cuatro policías arreaban a trece adultos que vestían la túnica amoratada de los penitentes de la Hermandad de Jesús.
















