Fue Cirino Castilla quien definió el alfabeto rítmico vallenato, marcado en los tres golpes: canto, medio y fondo; multiplicados en los compases de la caja, pilar estructural sobre el que se construye la percusión vallenata. Tal prodigio musical lo había alcanzado, de manera análoga, Francisco ‘Chico’ Bolaño, en el acordeón, al definir los cuatro aires vallenatos: son, paseo, merengue y puya; en sus acordes de notas altas y bajos, la base armónica de la melodía y el ritmo vallenato.
Tal sería su destino mítico que lo llevaría a la consumación ritual, ante su pueblo, en el Festival consagratorio de los juglares, en la plaza que erige el templo de evocación a Francisco el Hombre, protagonista de la Leyenda Vallenata en que venció en un duelo de acordeón al diablo. En el epicentro de la feroz competencia, acompañando al legendario gallo de piquería Emiliano Zuleta, se dio la muerte el gran Cirino Castilla en 1972. Como si se tratara de un sagrado sacrificio Azteca, tomado por la pasión del vallenato que palpitaba en sus manos, el hombre ofrendó su corazón a la inmortalidad de la deidad de su nombre.
















