El viernes 11 de febrero de 1944 había amanecido con brisa fresca. Con la rigurosidad alemana, el dentista Gunter Hoffman había caminado desde su casa dos cuadras por el callejón de Munda Araújo (carrera 6) hacia la plaza. Había cruzado la calle y la Ermita de San Cayetano, que luego se convertiría en el Mamón, la cárcel municipal, actual calle 16A Casa de La Cultura. Esa mañana, al despertarse y agarrar su reloj de leontina, observó de reojo el caballo, que lo llevaría este sábado a Pueblo Bello, por el camino de Azúcar Buena, a visitar a sus paisanos. Tal vez no llegue, habría pensado.
Era alto y delgado de ojos azules y piel trigueña rojiza y cabellos castaños. Ese día Había citado a la señora Carmen Pupo y la esperó temprano en pie. La llevó a una silla del consultorio que compartía hacia más de una década con su amigo, también dentista, Rafael Castro Trespalacios. El consultorio estaba localizado en toda la esquina nororiental de la intersección de la calle grande con la de San Francisco, desde cuando llegó a Valledupar, un pueblo de 5.000 habitantes, después de haber servido a su país en la Primera Guerra Mundial.
















