Especial

“El de la estrella es Emilio”

“Basta un ínfimo intervalo de la razón para advertir la presencia de un prodigio, una criatura ungida con un recóndito bálsamo artístico”.

Algún lejano y frío hospital de Bogotá, una noche del 30 de junio de 2015, contuvo por primera vez en su regazo al niño cuyo prematuro nacimiento constituyó para la ciencia médica un verdadero milagro. Pero lejos estaba la ciencia de sospechar siquiera que, pese a su irrenunciable condición de ochomesino, aquella naciente creatura llevase en sus venas las implícitas formas del arte que, como oníricos suspiros, se revelan sustancialmente en algunos seres cuyas facultades no pudieran concebirse sino por alguna mediación divina. 

Desde luego entonces, Emilio es un elegido de Dios para el canto y la música en toda su dimensión, como honra de una distinguida familia vallenata y, por extensión, como orgullo de todo el pueblo colombiano. 

Dominante y sosegado, escurridizo y distraído, se ve juguetear por ahí, entre los cándidos laberintos y carruseles de un modesto parquecito. La primera impresión es que se está ante un infante elemental y raso, con los mismos caprichos y desvaríos de sus pares, y con la sola promesa de magnificar los increíbles personajes de las series animadas y atrapar por los aires el benévolo fantasma de su imaginación. Sin embargo, basta un ínfimo intervalo de la razón para advertir la presencia de un prodigio, una criatura ungida con un recóndito bálsamo artístico, un genio sencillo, espontáneo y pastoril que en lugar de rendirse a los rígidos formalismos de un pentagrama cede deliberadamente a los impulsos de su alma sensible. Al instante de abordarlo—o de pretender hacerlo—buscando examinar el genio que su intrigante humanidad esconde, se experimenta la sensación de ir detrás de un lucero que huye y torna vacilante al cielo indefinido de las preguntas. Procura entonces el cronista desatar el fardo de irresoluble fascinación y suspenso que implica el personaje, como lo hiciera un taimado inquisidor ante los pecados o ante la gracia del milagroso siervo inconverso.       

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