La voz subía delgada y desabrida con un dejo de tristeza en el acento del canto. Alguien mayor que yo, me dijo: “Eso es una décima”. Puse atención al mensaje de las palabras de ese bardo ambulante, también lastimero, pero llamativo en el recado que vocalizaba. Ese alguien que era Pedro, mi hermano, me abundó en la información: “Lo que ese hombre canta es un poema elegíaco llamado La Gran Miseria Humana, de un poeta de Soledad llamado Gabriel Escorcia Gravini, que murió joven, mísero y leproso”.
Quise arrimarme al declamador que, en ese instante de la primera noche, estaba de pie, en la esquina de la casa colonial de Concha Gámez, pero Pedro me atajó el intento: “Ni se te ocurra, ese es Nono la Vara”.
Descubrí con esa prohibición imperativa dos cosas: el mundo de los decimeros, esos poetas que menudean su don sin pago de quienes quieran oírlo, y a ‘Nono’, un enfermo de la mente, de esos que alteraba la coordinación de sus ideas con los cambios de luna, llamados también dementes cíclicos.
















