Especial

Acuarela de provincia: ‘El Buey Mariposo’

De piel bien tostada, alta estatura y complexión maciza, se había ganado el apelativo por las grandes manchas blanquecinas de su piel.

La bala era calibre U de una pistola “tiro olímpico”, marca Colt. Alguien con el hipocorístico de ‘Toño’, amigo de alborotar la calle con el ruido de su motocicleta a la que quitaba el tubo de escape y de exhibir armas de fuego, en pleno desenfreno de una juventud adinerada y sin ruta, fue el causante de ese hecho. Ocurrió en la cantina de Petra Arias, en el barrio Cañaguate, bajo la arboleda de mangos de su patio donde atendía a una clientela de tomatragos, ansiosos de exprimir hasta el último instante de ese postrero martes de carnaval. 

El tirador, sacudiendo el amor propio de los presentes esa tarde allí, le apostaba al tino de su pulso ofreciendo una compensación en dinero para el voluntario que se dejara poner un vaso sobre la cabeza que sería reventado de un disparo hecho por él, a regular distancia. Fue cuando Miguel Alberto por nombre, de apellido Romero Palacio y por mote ‘Buey Mariposo’, se aprestó de espontáneo ofreciendo su testa para el tiro de ‘Toño’, que ahora iba a actuar como un moderno Guillermo Tell, el arquero suizo de la leyenda que fue obligado a partir una manzana, con una flecha sobre la cabeza de su hijo.

El cilindro de plomo hizo un rasgón entre la piel y el cabello, por donde sangró un buen rato el voluntario. Esto reforzó su fama de pantalonudo, y de que su madre, con la sabiduría de conjuros, había arreglado una “aseguranza” para que nunca el cuerpo de su hijo tuviera un roto de balas o por filo de cuchillo. 

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