Especial

A la ciudad de los Reyes del Valle de Upar en una fecha más de su fundación

Todo comenzó, para nosotros, escasos quinientos años atrás cuando ningún pie extraño había pisado estos suelos, hasta que un día nuestras montañas del Valle de Euparí sintieron el casco fatídico de una caballada de conquista y los truenos demoledores de los arcabuces cristianos.

Todo comenzó, para nosotros, escasos quinientos años atrás cuando ningún pie extraño había pisado estos suelos, hasta que un día nuestras montañas del Valle de Euparí sintieron el casco fatídico de una caballada de conquista y los truenos demoledores de los arcabuces cristianos.


Entonces, como un Dios del mal, micer Ambrosio Alfinger, el germano, cabalgando desde Coro por los derrocaderos de Perijá, bajó con su horda de aventureros blancos, vestidos con atavíos metálicos, jabalinas de guerra, mosquetes de perdigones y una jauría de perros amaestrados para desgarrar carne de indios. Desde aquel suceso llegaron otros conquistadores, y la selva se llenó de alaridos, de la humazón del incendio, de ahorcamientos, robos y violencias.


Una hilera de indios apresados con traíllas de eslabones de hierro al cuello, fue llevada, jornada tras jornada, a las subastas de esclavos en los mercados de Las Antillas. De la gran patria india del Valle de Euparí, solo quedó el carrizo de cañaboba cuyas notas de rota quejumbre aún salen en un hilo muriente de la serranía como un lamento fatalista por el exterminio de la vieja raza y como un lloro acusador ante la historia por el desplome de su propia historia.

Sigue leyendo

Crea tu cuenta para leer el artículo completo

Desbloquea el resto de la historia e inicia sesión para seguir leyendo sin interrupciones.

NOTICIAS DEL EVENTO