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Columnista - 17 septiembre, 2023

Es el narco, estúpido

Colombia ha alcanzado los máximos niveles históricos de coca y de producción de cocaína. En 2022 hubo un incremento del 12,7 % en el área sembrada, saltando de 204.000 ha en 2021 a 230.000 ha y la producción de cocaína llegó a 1.738 toneladas, un 24,14 % más que las 1.400 t del 2022.

Colombia ha alcanzado los máximos niveles históricos de coca y de producción de cocaína. En 2022 hubo un incremento del 12,7 % en el área sembrada, saltando de 204.000 ha en 2021 a 230.000 ha y la producción de cocaína llegó a 1.738 toneladas, un 24,14 % más que las 1.400 t del 2022.
Este mar de coca y de cocaína no es resultado del gobierno de Petro. Para el 2013 habíamos dejado de ser el principal productor del mundo: en Colombia solo había 48.000 ha de coca y se producían 290 t de cocaína. En contra de lo que se sostiene, para ese año estábamos ganando la lucha contra el narcotráfico.
Pero los avances se frenaron con la firma del componente de narcotráfico del pacto de Santos con las Farc en 2014. Desde entonces las cifras de cultivos de coca y de cocaína no han parado de crecer. Lo que ha fracasado es el “histórico nuevo enfoque” acordado con las Farc.


En Colombia deberíamos empezar por reconocer que la solución final que algunos proponen, la legalización, es imposible a corto y mediano plazo. En Europa y en Norteamérica el asunto ni siquiera se discute. Todas las ventajas económicas de la ilegalidad seguirán presentes por décadas.
La relación simbiótica entre grupos violentos y narcotráfico es otra realidad indispensable de asumir. Lo que explica la exacerbación del narco en Colombia es esa alimentación mutua. Cada decisión gubernamental que fortalece a los violentos, alimenta al narco. Cada política que favorece al narco, robustece a los grupos violentos.
Es el narco lo que explica que en Colombia haya pervivido el conflicto armado. El narco explica las disidencias y también las reincidencias de las Farc, el fortalecimiento eleno y buena parte del paramilitarismo.
Y habría que reconocer que es el narco el culpable del derrumbe ético de muchos sectores de la sociedad colombiana y de la lacra de corrupción que estamos sufriendo. La idea del dinero fácil y rápido, aunque se viole la ley, se ha enquistado en muchos sectores de la población. Los escándalos de Nicolás y Juan Fernando Petro se deben también al poder corruptor del narcotráfico como, según su hermano, es el poder de las bandas de narcos el responsable del triunfo electoral del ahora presidente.


No solo por estas razones, también por sus impactos en el medio ambiente y la salud pública y por las graves distorsiones que genera en la economía, es indispensable luchar sin cuartel contra el narcotráfico.
Es verdad que las políticas de Petro van en camino de convertirnos en una narcocracia, pero no es menos cierto que tal cosa está ocurriendo bajo la mirada indiferente de muchos sectores sociales que, por razones que habrá que analizar en otra ocasión, han renunciado al combate contra el narco sin darse cuenta de que esa claudicación nos está costando la República.

Por Rafael Nieto Loaiza

Columnista
17 septiembre, 2023

Es el narco, estúpido

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Rafael Nieto Loaiza

Colombia ha alcanzado los máximos niveles históricos de coca y de producción de cocaína. En 2022 hubo un incremento del 12,7 % en el área sembrada, saltando de 204.000 ha en 2021 a 230.000 ha y la producción de cocaína llegó a 1.738 toneladas, un 24,14 % más que las 1.400 t del 2022.


Colombia ha alcanzado los máximos niveles históricos de coca y de producción de cocaína. En 2022 hubo un incremento del 12,7 % en el área sembrada, saltando de 204.000 ha en 2021 a 230.000 ha y la producción de cocaína llegó a 1.738 toneladas, un 24,14 % más que las 1.400 t del 2022.
Este mar de coca y de cocaína no es resultado del gobierno de Petro. Para el 2013 habíamos dejado de ser el principal productor del mundo: en Colombia solo había 48.000 ha de coca y se producían 290 t de cocaína. En contra de lo que se sostiene, para ese año estábamos ganando la lucha contra el narcotráfico.
Pero los avances se frenaron con la firma del componente de narcotráfico del pacto de Santos con las Farc en 2014. Desde entonces las cifras de cultivos de coca y de cocaína no han parado de crecer. Lo que ha fracasado es el “histórico nuevo enfoque” acordado con las Farc.


En Colombia deberíamos empezar por reconocer que la solución final que algunos proponen, la legalización, es imposible a corto y mediano plazo. En Europa y en Norteamérica el asunto ni siquiera se discute. Todas las ventajas económicas de la ilegalidad seguirán presentes por décadas.
La relación simbiótica entre grupos violentos y narcotráfico es otra realidad indispensable de asumir. Lo que explica la exacerbación del narco en Colombia es esa alimentación mutua. Cada decisión gubernamental que fortalece a los violentos, alimenta al narco. Cada política que favorece al narco, robustece a los grupos violentos.
Es el narco lo que explica que en Colombia haya pervivido el conflicto armado. El narco explica las disidencias y también las reincidencias de las Farc, el fortalecimiento eleno y buena parte del paramilitarismo.
Y habría que reconocer que es el narco el culpable del derrumbe ético de muchos sectores de la sociedad colombiana y de la lacra de corrupción que estamos sufriendo. La idea del dinero fácil y rápido, aunque se viole la ley, se ha enquistado en muchos sectores de la población. Los escándalos de Nicolás y Juan Fernando Petro se deben también al poder corruptor del narcotráfico como, según su hermano, es el poder de las bandas de narcos el responsable del triunfo electoral del ahora presidente.


No solo por estas razones, también por sus impactos en el medio ambiente y la salud pública y por las graves distorsiones que genera en la economía, es indispensable luchar sin cuartel contra el narcotráfico.
Es verdad que las políticas de Petro van en camino de convertirnos en una narcocracia, pero no es menos cierto que tal cosa está ocurriendo bajo la mirada indiferente de muchos sectores sociales que, por razones que habrá que analizar en otra ocasión, han renunciado al combate contra el narco sin darse cuenta de que esa claudicación nos está costando la República.

Por Rafael Nieto Loaiza