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Columnista - 5 abril, 2010

En los ascensores

MISCELÁNEA Por: Luis Augusto González Pimienta Cuando mi padre nos iniciaba en el conocimiento de las reglas de comportamiento social siempre nos citaba la Urbanidad de Carreño. Después de muchos años vine a saber que el señor Carreño había sido el venezolano Manuel Antonio Carreño, autor del “Compendio del manual de urbanidad y buenas maneras”, […]

MISCELÁNEA


Por: Luis Augusto González Pimienta

Cuando mi padre nos iniciaba en el conocimiento de las reglas de comportamiento social siempre nos citaba la Urbanidad de Carreño. Después de muchos años vine a saber que el señor Carreño había sido el venezolano Manuel Antonio Carreño, autor del “Compendio del manual de urbanidad y buenas maneras”, en donde define los deberes para con Dios, para con la sociedad y para con nosotros mismos y establece las pautas referentes al aseo personal, al modo de conducirnos en la casa y fuera de ella, y en el trato con nuestros semejantes.

Por el tiempo de Carreño (siglo XIX) apenas si existían los ascensores. Se ensayaban algunos dispositivos para el transporte vertical de pasajeros y mercancías accionados por máquinas de vapor. Posteriormente llegaron los elevadores mecánicos y los eléctricos. A mediados del siglo XX se instalaron los ordenadores o computadoras que hicieron completamente automático el funcionamiento de los artefactos, desapareciendo el cargo de ascensorista, de romántico recuerdo. El auge de los elevadores es tal, que había 200 de ellos en las Torres Gemelas de Nueva York, absurdamente destruidas por el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001.

En nuestro medio, la Caja Agraria y el Palacio de Justicia son los edificios más altos y los más frecuentados por los ciudadanos. Allí se encuentran, sin citarse, los más variados personajes, cuyos modales en los ascensores son dignos de análisis.

Lo primero que se advierte es que pasajeros y carga utilizan los mismos elevadores formando unos nudos indesatables, en donde la fuerza y determinación del carguero acaban por imponerse. La cortesía se esfuma, de manera que cederles el paso a las damas es impensable.

El afán se adueña de todos, especialmente de aquellos que momentos antes consumían su tiempo comadreando en una esquina. Por eso, los que van a entrar atropellan a los que van a salir, impidiendo la desocupación de la cabina. Esa premura se manifiesta en la pulsación simultánea de los botones de subir y de bajar, dizque para acelerar el regreso del ascensor, olvidando o ignorando que, accionado por un computador, cumple un recorrido dispuesto por órdenes anteriores irrevocables.

Entre la diversidad de personas que utilizan los ascensores se encuentran el que llega corriendo y grita “atájenlo que ahí voy”; el afortunado, que lo halla vacío y a su disposición tan pronto llega. El desesperado, que queriendo bajar se monta cuando va en ascenso porque presume que volverá repleto. El despistado, que no observa el sentido de las flechas iluminadas y siempre pregunta si sube o si baja. El conversador, que emite su concepto sobre el tema de actualidad sin que nadie le esté preguntando. El huraño, que no devuelve el saludo. La mujer de exuberantes formas que corta la respiración de los varones.

Todo lo anterior y mucho más se puede ver en el interior de los ascensores, que dicho sea de paso, reciben cualquier cantidad de improperios cuando se va la luz, como si de ellos dependiera la prestación del servicio de energía. Ese variopinto proceder de los usuarios de los elevadores le daría tema a Carreño para escribir otro manual de urbanidad. O mejor, una enciclopedia. Aunque, pensándolo bien, siquiera se murió Carreño.

Columnista
5 abril, 2010

En los ascensores

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Luis Augusto González Pimienta

MISCELÁNEA Por: Luis Augusto González Pimienta Cuando mi padre nos iniciaba en el conocimiento de las reglas de comportamiento social siempre nos citaba la Urbanidad de Carreño. Después de muchos años vine a saber que el señor Carreño había sido el venezolano Manuel Antonio Carreño, autor del “Compendio del manual de urbanidad y buenas maneras”, […]


MISCELÁNEA


Por: Luis Augusto González Pimienta

Cuando mi padre nos iniciaba en el conocimiento de las reglas de comportamiento social siempre nos citaba la Urbanidad de Carreño. Después de muchos años vine a saber que el señor Carreño había sido el venezolano Manuel Antonio Carreño, autor del “Compendio del manual de urbanidad y buenas maneras”, en donde define los deberes para con Dios, para con la sociedad y para con nosotros mismos y establece las pautas referentes al aseo personal, al modo de conducirnos en la casa y fuera de ella, y en el trato con nuestros semejantes.

Por el tiempo de Carreño (siglo XIX) apenas si existían los ascensores. Se ensayaban algunos dispositivos para el transporte vertical de pasajeros y mercancías accionados por máquinas de vapor. Posteriormente llegaron los elevadores mecánicos y los eléctricos. A mediados del siglo XX se instalaron los ordenadores o computadoras que hicieron completamente automático el funcionamiento de los artefactos, desapareciendo el cargo de ascensorista, de romántico recuerdo. El auge de los elevadores es tal, que había 200 de ellos en las Torres Gemelas de Nueva York, absurdamente destruidas por el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001.

En nuestro medio, la Caja Agraria y el Palacio de Justicia son los edificios más altos y los más frecuentados por los ciudadanos. Allí se encuentran, sin citarse, los más variados personajes, cuyos modales en los ascensores son dignos de análisis.

Lo primero que se advierte es que pasajeros y carga utilizan los mismos elevadores formando unos nudos indesatables, en donde la fuerza y determinación del carguero acaban por imponerse. La cortesía se esfuma, de manera que cederles el paso a las damas es impensable.

El afán se adueña de todos, especialmente de aquellos que momentos antes consumían su tiempo comadreando en una esquina. Por eso, los que van a entrar atropellan a los que van a salir, impidiendo la desocupación de la cabina. Esa premura se manifiesta en la pulsación simultánea de los botones de subir y de bajar, dizque para acelerar el regreso del ascensor, olvidando o ignorando que, accionado por un computador, cumple un recorrido dispuesto por órdenes anteriores irrevocables.

Entre la diversidad de personas que utilizan los ascensores se encuentran el que llega corriendo y grita “atájenlo que ahí voy”; el afortunado, que lo halla vacío y a su disposición tan pronto llega. El desesperado, que queriendo bajar se monta cuando va en ascenso porque presume que volverá repleto. El despistado, que no observa el sentido de las flechas iluminadas y siempre pregunta si sube o si baja. El conversador, que emite su concepto sobre el tema de actualidad sin que nadie le esté preguntando. El huraño, que no devuelve el saludo. La mujer de exuberantes formas que corta la respiración de los varones.

Todo lo anterior y mucho más se puede ver en el interior de los ascensores, que dicho sea de paso, reciben cualquier cantidad de improperios cuando se va la luz, como si de ellos dependiera la prestación del servicio de energía. Ese variopinto proceder de los usuarios de los elevadores le daría tema a Carreño para escribir otro manual de urbanidad. O mejor, una enciclopedia. Aunque, pensándolo bien, siquiera se murió Carreño.