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Columnista - 10 mayo, 2010

Elogio de la frivolidad

Por: Luis Augusto González Pimienta Tropiezo con frecuencia algunos comentarios de censura hacia los temas superficiales y de aplauso hacia los profundos. Meditando sobre el asunto, encontré que tiende a confundirse la gravedad con que se aborda un tema con la profundidad del mismo. No. Lo superficial es lo que está por encima; lo profundo […]

Por: Luis Augusto González Pimienta

Tropiezo con frecuencia algunos comentarios de censura hacia los temas superficiales y de aplauso hacia los profundos. Meditando sobre el asunto, encontré que tiende a confundirse la gravedad con que se aborda un tema con la profundidad del mismo. No. Lo superficial es lo que está por encima; lo profundo es hondo, bien lejos de la superficie. Visto así, ningún columnista es profundo porque el espacio se lo impide. Tampoco quiere decir que todos sean superficiales.

En el empeño de aparentar ser inteligentes creemos inteligentes y profundos sólo a los que escriben sobre problemas sociales, educativos, políticos, financieros o económicos, desdeñando a quienes tienen el valor de tratar temas menudos y cotidianos. Se confunde profundidad con contenido y a los dos con inteligencia. Y se identifica lo superficial con lo frívolo, de pronto por la contribución que hace el Diccionario de la Real Academia Española cuando los concibe equivalentes.

Una pluma autorizada como la de Antonio Caballero tiró un baldado de agua fría sobre quienes así piensan. Según Caballero, los periódicos colombianos son monotemáticos, porque, con diferentes ropajes, escriben sobre lo mismo: la política. Afirma que en cualquier país serio las noticias son sobre crímenes, cultura, tránsito, etcétera. En Colombia, todas son políticas, incluso las de crímenes, cultura y tránsito, y claro, las políticas propiamente dichas, porque todas dependen de la política. Ese es el enfoque que le dan los escritores de opinión.

Armando Benedetti Jimeno, al despedirse de su columna de EL TIEMPO, expresó que sentía algo de fatiga que lo hacía reincidir en los temas y en la manera de escribir. Acusa un carrusel perverso de noticias que hace repetitivas las columnas; que impide fugarse hacia la música, la muerte, el sexo y otras realidades cotidianas. Denuncia un autismo periodístico cuyo eje central es el presidente Uribe, que impele a escribir únicamente sobre lo que dice, sobre lo que no dice, sus éxitos, sus descachadas, su laboriosidad, su obstinación. Pero sólo sobre Uribe.

Volviendo al punto, y sobre la base de que lo superficial es una de las caras de lo frívolo, quiero hacer un elogio de la frivolidad. Parto de una frase de Wilde: “La vida es demasiado importante como para hablar seriamente de ella”.

Cuántas veces quisiera que se ahondara en un tema pero de forma amena para no fastidiar al lector. Hallo aburridora la actitud sesuda y circunspecta de quienes aparentan ser profundos, y se valen del enredo conceptual y de la prosa oscura para atrapar incautos. Me aparto de los que son superficiales y posan de profundos. En cambio, encuentro escritores que tratan aspectos frívolos con una hondura y una actitud inteligente ante la realidad, que asombran. A ellos me sumo y procuro agregarle una pizca de ironía, para decir como al desgaire y sin vestir de importancia, cosas importantes.

Un escritor cuyo nombre ahora no recuerdo (si los recordara a todos estuviera loco) escribió algo poco más o menos así: se puede ser obstinadamente superficial hasta llegar a la tontería, siendo emisor de un grave y severo discurso, acompañado de unos no menos graves y severos ademanes; y se puede ser realmente profundo adoptando un tono frívolo y un porte juguetón. En resumen, los tontos siempre son serios; los individuos auténticamente inteligentes, sólo a veces; otras, parecen frívolos.

De tiempo en tiempo, cuando me encuentro con alguien extremadamente serio, me da por pensar si no estaré en presencia de un perfecto estúpido; y a veces me equivoco, desde luego. En cambio, aquel que parece frívolo empiezo por prestarle atención creyéndolo profundo, y a veces también me equivoco. Esto confirma que no hay conceptos absolutos. Por eso, así como sé elogiar la frivolidad con profundidad, desprecio la futilidad disfrazada de trascendencia.

Columnista
10 mayo, 2010

Elogio de la frivolidad

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Luis Augusto González Pimienta

Por: Luis Augusto González Pimienta Tropiezo con frecuencia algunos comentarios de censura hacia los temas superficiales y de aplauso hacia los profundos. Meditando sobre el asunto, encontré que tiende a confundirse la gravedad con que se aborda un tema con la profundidad del mismo. No. Lo superficial es lo que está por encima; lo profundo […]


Por: Luis Augusto González Pimienta

Tropiezo con frecuencia algunos comentarios de censura hacia los temas superficiales y de aplauso hacia los profundos. Meditando sobre el asunto, encontré que tiende a confundirse la gravedad con que se aborda un tema con la profundidad del mismo. No. Lo superficial es lo que está por encima; lo profundo es hondo, bien lejos de la superficie. Visto así, ningún columnista es profundo porque el espacio se lo impide. Tampoco quiere decir que todos sean superficiales.

En el empeño de aparentar ser inteligentes creemos inteligentes y profundos sólo a los que escriben sobre problemas sociales, educativos, políticos, financieros o económicos, desdeñando a quienes tienen el valor de tratar temas menudos y cotidianos. Se confunde profundidad con contenido y a los dos con inteligencia. Y se identifica lo superficial con lo frívolo, de pronto por la contribución que hace el Diccionario de la Real Academia Española cuando los concibe equivalentes.

Una pluma autorizada como la de Antonio Caballero tiró un baldado de agua fría sobre quienes así piensan. Según Caballero, los periódicos colombianos son monotemáticos, porque, con diferentes ropajes, escriben sobre lo mismo: la política. Afirma que en cualquier país serio las noticias son sobre crímenes, cultura, tránsito, etcétera. En Colombia, todas son políticas, incluso las de crímenes, cultura y tránsito, y claro, las políticas propiamente dichas, porque todas dependen de la política. Ese es el enfoque que le dan los escritores de opinión.

Armando Benedetti Jimeno, al despedirse de su columna de EL TIEMPO, expresó que sentía algo de fatiga que lo hacía reincidir en los temas y en la manera de escribir. Acusa un carrusel perverso de noticias que hace repetitivas las columnas; que impide fugarse hacia la música, la muerte, el sexo y otras realidades cotidianas. Denuncia un autismo periodístico cuyo eje central es el presidente Uribe, que impele a escribir únicamente sobre lo que dice, sobre lo que no dice, sus éxitos, sus descachadas, su laboriosidad, su obstinación. Pero sólo sobre Uribe.

Volviendo al punto, y sobre la base de que lo superficial es una de las caras de lo frívolo, quiero hacer un elogio de la frivolidad. Parto de una frase de Wilde: “La vida es demasiado importante como para hablar seriamente de ella”.

Cuántas veces quisiera que se ahondara en un tema pero de forma amena para no fastidiar al lector. Hallo aburridora la actitud sesuda y circunspecta de quienes aparentan ser profundos, y se valen del enredo conceptual y de la prosa oscura para atrapar incautos. Me aparto de los que son superficiales y posan de profundos. En cambio, encuentro escritores que tratan aspectos frívolos con una hondura y una actitud inteligente ante la realidad, que asombran. A ellos me sumo y procuro agregarle una pizca de ironía, para decir como al desgaire y sin vestir de importancia, cosas importantes.

Un escritor cuyo nombre ahora no recuerdo (si los recordara a todos estuviera loco) escribió algo poco más o menos así: se puede ser obstinadamente superficial hasta llegar a la tontería, siendo emisor de un grave y severo discurso, acompañado de unos no menos graves y severos ademanes; y se puede ser realmente profundo adoptando un tono frívolo y un porte juguetón. En resumen, los tontos siempre son serios; los individuos auténticamente inteligentes, sólo a veces; otras, parecen frívolos.

De tiempo en tiempo, cuando me encuentro con alguien extremadamente serio, me da por pensar si no estaré en presencia de un perfecto estúpido; y a veces me equivoco, desde luego. En cambio, aquel que parece frívolo empiezo por prestarle atención creyéndolo profundo, y a veces también me equivoco. Esto confirma que no hay conceptos absolutos. Por eso, así como sé elogiar la frivolidad con profundidad, desprecio la futilidad disfrazada de trascendencia.