La luz de la mañana se insinuaba por encima del lomo de la montaña que desvestía las inmensas rocas del cerro Pintao de Villanueva, alcanzando a divisarse desde el aeropuerto de Valledupar. El reloj marcaba las cuatro y media de la mañana y estábamos esperando a Jorge Oñate y a Nancy, que llegarían desde La Paz, para iniciar un periplo lleno de actividades relacionadas con el Festival Vallenato, en homenaje a él y el reconocimiento al compositor Rosendo Romero.
Eduardo Montero era nuestro compañero de viaje. La llegada de los dos produjo un saludo corto, cargado de afecto. Él y ella eran la misma sombra, agarrados de manos nos enrumbamos a hacer el chequeo de nuestro vuelo que abordaríamos a las 05:45 de la mañana.
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