26 octubre, 2016

El des-orientado

El ateo afirma: no existe Dios. Comencemos por decir que tal afirmación implica por sí misma un acto de fe: la no existencia de Dios. Luego el ateo es un creyente de esta última afirmación. Tal es un tipo de ateísmo. El otro es menos radical: no niega rotundamente la existencia de Dios, pero considera […]

El ateo afirma: no existe Dios. Comencemos por decir que tal afirmación implica por sí misma un acto de fe: la no existencia de Dios. Luego el ateo es un creyente de esta última afirmación.

Tal es un tipo de ateísmo. El otro es menos radical: no niega rotundamente la existencia de Dios, pero considera que después del acto de la creación, Dios se alejó de los hombres, a su cielo dorado, desatendiéndose de la suerte de ellos.

El primer tipo de ateísmo suele ser agresivo, y aunque el hombre ateo es susceptible de obrar el bien, su ateísmo pudiera ser causa de muchos males.

Ambos ateísmos consideran que los hombres están en el mundo solos, por lo cual careciéndose de un ser superior, de un juez trascendente que nos juzgue el hombre puede obrar todo cuanto desee.

Por tanto, autónomamente podríamos llamar al mal bien y al bien mal, cambiar la luz en la oscuridad y la oscuridad en luz, lo dulce en amargo, lo amargo en dulce, el hombre en mujer y la mujer en hombre. etc. Esto es lo que se conoce con el nombre de pensamiento relativista. Así habría que decir que no existe una verdad en sí, un bien en sí, una justicia en sí, una moral en sí, porque la podemos construir nosotros los hombres solos. Y de esta suerte nos podemos abandonar, si ese es el deseo, a toda clase de acciones abominables.

Infortunadamente y particularmente en la cultura occidental, esta es la situación de la sociedad contemporánea, que está padeciendo los ataques teóricos y prácticos de la ideología atea y de todas las ideologías que se nutren de ella.

Pero como ese comportamiento contradice la naturaleza humana, no pocos ateos, y es un número largo en la historia humana, hoy día los contamos como conversos. Es el caso por ejemplo del británico G.K. Chesterton, quien después de su conversión pudo afirmar: Si el hombre no cree en Dios, termina creyendo en cualquier cosa, la ciencia, el dinero, la política, etc.

A este propósito quiero recordar también a dos intelectuales ateos relativamente contemporáneos, que murieron siéndolo, pero cuyos momentos finales nos dejan una lección que aprender, preocupados, de todos modos, de los efectos negativos del ateísmo en la sociedad, y por consiguiente son ejemplo de rectificación para muchos.

Se trata del ruso Alexander Zinoviev, en su momento extrañado de su país por contestatario y luego residenciado en Europa, y ya libre en este continente tuvo el coraje de escribir lo siguiente, que, curiosamente, es como una especie de oración religiosa: te suplico, Dios mío, existe, al menos para mí, abre tus ojos, te suplico, oh Señor, trata de seguir eso que sucede, esfuérzate de ver, te suplico, porque vivir sobre la tierra sin un testimonio que trascienda, qué infierno, por eso forzando mi voz, yo grito, te suplico, existe.

Y el otro es el rumano, escritor en lengua francesa, Eugene Ionesco, padre del teatro del absurdo. Un día un periodista le preguntó si creía en la existencia de Dios, y él respondió: me precipito al teléfono cada que suena, en la esperanza que sea Dios quien me llama, o, al menos, uno de sus ángeles de secretaría. Esto quizás un poco en broma. Pero luego de su muerte fue encontrada en su diario la siguiente nota: orar, no sé a quién, espero en Jesucristo.

NOTA: si visitas a Pueblo Bello notarás que allí tu mente piensa mejor.