En la mañana del 25 de octubre y viendo por la ventanilla del avión que descendía hacia Valledupar, pensaba en la situación y posibles necesidades que pudieran tener los habitantes de las zonas rurales que se divisan cuando el aterrizaje está próximo a producirse. Viajaba a la capital cesarense para participar en un foro sobre el estado de la competitividad y la productividad de la ciudad y del departamento y claro, me cuestionaba sobre las posibles barreras o cuellos de botella que pudieran tener sus habitantes desde la perspectiva del acceso a las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TICs) en particular, respecto de la conectividad y la accesibilidad tanto a Internet como a los servicios que sobre éste se pueden implementar para dar respuesta a dichas necesidades en tópicos como educación, salud, trabajo y claro está, en el desarrollo de actividades que con enfoque económico permitan hacer más competitivo y productivo un departamento que en estas materias presenta preocupantes e históricos retrasos.
En general en Colombia, pese al sostenimiento de las inversiones del sector privado en redes de acceso a Internet junto con la ejecución de políticas públicas y programas del sector público para el efecto, las necesidad de cobertura de Internet sigue siendo un propósito pendiente de ejecución plena y, por efecto, una barrera a la penetración para los servicios de las TICs y del ecosistema digital.
Retomando los minutos previos a mi aterrizaje en Valledupar, vi con claridad que las zonas rurales son extensas y que se caracterizan por grandes territorios verdes separados por fuentes fluviales serpenteantes en donde la agricultura tradicional, la nueva ola de agroindustria y la ganadería, parecen dominar el panorama. Adicionalmente, salvo las imponentes montañas aledañas y aquellas propias de la sierra nevada de Santa Marta, el territorio es plano y extenso.











