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Columnista - 22 febrero, 2010

Dolor Pasajero

Por: Luis Augusto Gonzales En la vida todo se agota, hasta la vida misma. Se agota el amor y se agota el dolor. Lo triste no es cuando se agota sino cuando empieza a escasear. Es entonces cuando pasamos del sentimentalismo a la sensiblería y descubrimos que las penas y alegrías son oscilantes, acrecen y […]

Por: Luis Augusto Gonzales

En la vida todo se agota, hasta la vida misma. Se agota el amor y se agota el dolor. Lo triste no es cuando se agota sino cuando empieza a escasear. Es entonces cuando pasamos del sentimentalismo a la sensiblería y descubrimos que las penas y alegrías son oscilantes, acrecen y decrecen como péndola de reloj.

Días atrás me puse a desempolvar los muebles y enseres de mi oficina de abogado, la única que he tenido en muchos años de ejercicio profesional, tanto, que sólo recuerdo el comienzo y el final. Memoria remota y memoria próxima como suele ocurrirles a las personas adultas. El intermedio se olvida con facilidad. En cambio los jóvenes fijan todo; su lozanía se los permite. Aunque a decir verdad no hay mérito en el asunto porque apenas están guardando una parte: el comienzo. El intermedio no ha llegado y el final está lejano.

La idea era mudarme sin trasladar tanto archivo, o como diría mi mujer, tanto sucio. Fue lo más dispendioso y doloroso porque cada papel que caía en mis manos me recordaba un hecho o una situación vivida y por supuesto los personajes que en ella intervinieron. Copias de diligencias de inspección judicial en las que refresqué anécdotas con peritos novatos (suena antinómico, pero así fue) de los que hacíamos mofa por su nerviosismo extremo; experiencias terribles como aquella en la que descendimos de un empinado cerro sujetados por la cintura con una cuerda para no pelotear; detestables, como enfrentar a dos familias armadas de machetes para tasajearse por una supuesta invasión de la propiedad; memorables, como una en Bosconia cuando el interesado en la diligencia fue espléndido anfitrión, hasta el punto de llevar al maestro Luis Enrique Martínez para amenizarla; o aquella otra en Codazzi en que un cachaco ofreció una caja de whisky para deleite de los miembros de la comitiva que se frotaban las manos, y salió con una sola botellita, eso sí, en su caja, que era a lo que se refería el personaje.

También tiré a la basura estudios de títulos, informes mensuales a clientes bancarios, formatos pasados de moda, amarillentas hojas en blanco y todo cuando pensé que no tendría ningún valor actual o histórico. Poco a poco fui  incrementando el deseo de botarlo todo. Me contuvo el pensar que poseía un archivo valioso para cuando empezara la última etapa como litigante.

De repente, me envolvió la nostalgia: en un rincón reposaba, descolorido, el primer abanico de pedestal que compré en mi vida y que refrescó los días de marzo. A un costado, sobre el archivador horizontal de madera, los vestigios del paso del tiempo: una máquina de escribir mecánica de carro grande y otra eléctrica, arrumadas y abrumadas por la presencia de un computador, ya no tan altivo pues se sabía pasado de moda.

Con cuidado separé una reliquia: todos los apuntes de clase de mi época de universitario, guardados con amoroso esmero por más de cuarenta años. Los deposité en una caja de cartón y sobre ellos puse algunos textos jurídicos viejos pero aprovechables.

Después de medio organizar los objetos mantuve las notas de clase en la caja de cartón, con el propósito a nadie declarado de mandarlas a empastar. Craso error. Pasado un día, no encontraba la dichosa caja. Pregunté por ella a la muchacha del servicio y casi me voy de espaldas cuando me dijo que habiéndola encontrado con un poco de papeles sucios y viejos decidió tirarla a la basura. Para ese momento ya había pasado el carro recolector, de manera que no tuve más remedio que consolarme con su recuerdo. Fueron cinco años de mi vida desaparecidos como por encanto.

Dos días más tarde había cesado la pena. Reconsideré mi aflicción y me ayudé pensando que si en cuarenta años no había empastado mis apuntes, tampoco lo hubiera hecho ahora. Además, ya no los consultaba. De manera que no tenía por qué angustiarme. Mi vida sigue, pero ese dolor se agotó. Fue pasajero. Como tantos otros dolores.

Columnista
22 febrero, 2010

Dolor Pasajero

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Luis Augusto González Pimienta

Por: Luis Augusto Gonzales En la vida todo se agota, hasta la vida misma. Se agota el amor y se agota el dolor. Lo triste no es cuando se agota sino cuando empieza a escasear. Es entonces cuando pasamos del sentimentalismo a la sensiblería y descubrimos que las penas y alegrías son oscilantes, acrecen y […]


Por: Luis Augusto Gonzales

En la vida todo se agota, hasta la vida misma. Se agota el amor y se agota el dolor. Lo triste no es cuando se agota sino cuando empieza a escasear. Es entonces cuando pasamos del sentimentalismo a la sensiblería y descubrimos que las penas y alegrías son oscilantes, acrecen y decrecen como péndola de reloj.

Días atrás me puse a desempolvar los muebles y enseres de mi oficina de abogado, la única que he tenido en muchos años de ejercicio profesional, tanto, que sólo recuerdo el comienzo y el final. Memoria remota y memoria próxima como suele ocurrirles a las personas adultas. El intermedio se olvida con facilidad. En cambio los jóvenes fijan todo; su lozanía se los permite. Aunque a decir verdad no hay mérito en el asunto porque apenas están guardando una parte: el comienzo. El intermedio no ha llegado y el final está lejano.

La idea era mudarme sin trasladar tanto archivo, o como diría mi mujer, tanto sucio. Fue lo más dispendioso y doloroso porque cada papel que caía en mis manos me recordaba un hecho o una situación vivida y por supuesto los personajes que en ella intervinieron. Copias de diligencias de inspección judicial en las que refresqué anécdotas con peritos novatos (suena antinómico, pero así fue) de los que hacíamos mofa por su nerviosismo extremo; experiencias terribles como aquella en la que descendimos de un empinado cerro sujetados por la cintura con una cuerda para no pelotear; detestables, como enfrentar a dos familias armadas de machetes para tasajearse por una supuesta invasión de la propiedad; memorables, como una en Bosconia cuando el interesado en la diligencia fue espléndido anfitrión, hasta el punto de llevar al maestro Luis Enrique Martínez para amenizarla; o aquella otra en Codazzi en que un cachaco ofreció una caja de whisky para deleite de los miembros de la comitiva que se frotaban las manos, y salió con una sola botellita, eso sí, en su caja, que era a lo que se refería el personaje.

También tiré a la basura estudios de títulos, informes mensuales a clientes bancarios, formatos pasados de moda, amarillentas hojas en blanco y todo cuando pensé que no tendría ningún valor actual o histórico. Poco a poco fui  incrementando el deseo de botarlo todo. Me contuvo el pensar que poseía un archivo valioso para cuando empezara la última etapa como litigante.

De repente, me envolvió la nostalgia: en un rincón reposaba, descolorido, el primer abanico de pedestal que compré en mi vida y que refrescó los días de marzo. A un costado, sobre el archivador horizontal de madera, los vestigios del paso del tiempo: una máquina de escribir mecánica de carro grande y otra eléctrica, arrumadas y abrumadas por la presencia de un computador, ya no tan altivo pues se sabía pasado de moda.

Con cuidado separé una reliquia: todos los apuntes de clase de mi época de universitario, guardados con amoroso esmero por más de cuarenta años. Los deposité en una caja de cartón y sobre ellos puse algunos textos jurídicos viejos pero aprovechables.

Después de medio organizar los objetos mantuve las notas de clase en la caja de cartón, con el propósito a nadie declarado de mandarlas a empastar. Craso error. Pasado un día, no encontraba la dichosa caja. Pregunté por ella a la muchacha del servicio y casi me voy de espaldas cuando me dijo que habiéndola encontrado con un poco de papeles sucios y viejos decidió tirarla a la basura. Para ese momento ya había pasado el carro recolector, de manera que no tuve más remedio que consolarme con su recuerdo. Fueron cinco años de mi vida desaparecidos como por encanto.

Dos días más tarde había cesado la pena. Reconsideré mi aflicción y me ayudé pensando que si en cuarenta años no había empastado mis apuntes, tampoco lo hubiera hecho ahora. Además, ya no los consultaba. De manera que no tenía por qué angustiarme. Mi vida sigue, pero ese dolor se agotó. Fue pasajero. Como tantos otros dolores.