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Columnista - 26 marzo, 2010

Demasiadas coincidencias -Parte I

Por: Jorge Naim Ruíz. Cuando uno se pone a comparar, música, instrumentos, bailes, ritmos de los países del Caribe suramericano, se encuentra con algo especial: hay un género en un país de Centroamérica que ha traspasado fronteras y que hoy se conoce en casi todo el mundo, cuya similitud con el vallenato en todos los […]

Por: Jorge Naim Ruíz.

Cuando uno se pone a comparar, música, instrumentos, bailes, ritmos de los países del Caribe suramericano, se encuentra con algo especial: hay un género en un país de Centroamérica que ha traspasado fronteras y que hoy se conoce en casi todo el mundo, cuya similitud con el vallenato en todos los aspectos es extremadamente asombrosa: el merengue dominicano.

Una de las que a mí particularmente me ha llamado la atención es aquella relacionada con la trifonía de instrumentos bases; no existe ningún vallenatólogo que se respete, que no coincida en ligar el vallenato con tres instrumentos básicos (Caja, Guacharaca y Acordeón), sin desconocer que nuestro folclor no siempre ha dependido del arrugado instrumento foráneo y que sin el también ha tenido glorias, como en las épocas de Bovea, Buitrago y Alberto Fernández.

Lo primero que tenemos que afirmar es que estos tres instrumentos han sido los básicos en el típico merengue dominicano, conocido también como “perico ripiao” (acordeón, güira y tambora).

En la obra “De Santo Domingo al Mundo, El merengue y la bachata” de Carlos Velásquez y Alejandro Ureña, estos dos dominicanos afirman lo que nosotros no nos cansamos de repetir respecto al Vallenato: “Marchena, citando a Julio Arzeno, llama la atención sobre la plasticidad del merengue, su principio germinador y susceptibilidad para artístico desdoblamiento. Está claro que en el decurso folclórico-musical dominicano, “ningún ritmo popular ha avanzado tanto como el merengue y ningún otro, con la mangulina, tiene tanto elemento propicio para su desarrollo, prestándoles a los compositores una fuente propiciatoria para hacer una verdadera obra folklórica”. “Serán estas características las que con el correr del tiempo permitirán que el merengue se prestara a cambios y evoluciones sorprendentes.”

Estoy completamente seguro de que la vertiginosa forma como evoluciona y se adapta el vallenato a las nuevas tendencias y gustos, es la causa fundamental para que nuestro folclor sea la punta de lanza de la música Colombiana.

Una de las discusiones importantes de los investigadores de nuestro folclor consiste en la época en que se pudieron unir los tres instrumentos básicos del vallenato y todos coinciden  en que eso ocurrió no antes de la tercera década del siglo XX; Julio Oñate Martínez refiriéndose al acordeón en su obra el ABC del Vallenato manifiesta: “Parece que el primer modelo constaba de ocho botones en el teclado de los pitos y dos en los bajos, los cuales venían sin ninguna parrilla u otro elemento protector… Este modelo primitivo estuvo en boga desde comienzos del siglo veinte y, tal vez, un poco más tarde…bien entrada la década de los años treinta se popularizó un modelo que ha pasado a formar parte de la leyenda vallenata, porque con uno de ellos Francisco el Hombre tuvo el “encuentro con el diablo”, que  lo convirtió en personaje mítico de nuestra cultura popular. Se trata del conocido popularmente como “tornillo e máquina”.

En la obra dominicana señalada al comienzo se afirma: “la primera referencia documental que se conoce del merengue aparece en el periódico  El Oasis de noviembre del año 1854, en un artículo firmado por “Ingenuo” , seudónimo  que empleaba el poeta Eugenio Perdomo.”
Lo cual deja muy claro que se empieza a hablar de merengue dominicano mucho antes de hablar de Vallenato, pero siguen las coincidencias; observemos lo que dice los autores de allá y los de acá: “Intelectuales de la élite  Urbana como Manuel de Jesús Galván, y Ulises Francisco Espillat  acusaron al merengue de ser un baile indecente de figuras ridículas… A principios del siglo XX el merengue alcanzó los barrios de la ciudad de Santiago, donde ganó fama de ser un baile impúdico.”

Al respecto dice Ciro Quiroz en su obra Vallenato Hombre y Canto : “Incluso la música de acordeón que era la música del pueblo, se escuchaba despectivamente;  tal discriminación de clase la sintetizó el viejo Emiliano Zuleta cuando dijo: “El acordeón no era de la gente, sino de la menos gente”

Los dominicanos manifiestan: “A pesar de su auge entre las masas populares, la clase alta no aceptó el merengue por mucho tiempo, debido a su vinculación con la música africana. Otra de las causas que pesaron sobre el repudio y ataques contra el merengue fueron los textos literarios que lo acompañan, generalmente subidos de tono”  cualquier parecido con nuestra música es mera coincidencia, de ello también se han ocupado varios de nuestros investigadores y como son muchas otras las coincidencias que quiero mencionar en esta columna, esta es la primera entrega  sobre este tema y dejo abierto el debate para que sea enriquecido por ustedes  acuciosos lectores con sus comunicaciones vía correo electrónico.

COLOFÓN:  Esta noche parrandearemos en Bogotá con Gustavo Gutierrez, “Chente” Munive y Adolfo Pacheco, la próxima semana les cuento cómo fue.

[email protected]

Columnista
26 marzo, 2010

Demasiadas coincidencias -Parte I

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Jorge Nain

Por: Jorge Naim Ruíz. Cuando uno se pone a comparar, música, instrumentos, bailes, ritmos de los países del Caribe suramericano, se encuentra con algo especial: hay un género en un país de Centroamérica que ha traspasado fronteras y que hoy se conoce en casi todo el mundo, cuya similitud con el vallenato en todos los […]


Por: Jorge Naim Ruíz.

Cuando uno se pone a comparar, música, instrumentos, bailes, ritmos de los países del Caribe suramericano, se encuentra con algo especial: hay un género en un país de Centroamérica que ha traspasado fronteras y que hoy se conoce en casi todo el mundo, cuya similitud con el vallenato en todos los aspectos es extremadamente asombrosa: el merengue dominicano.

Una de las que a mí particularmente me ha llamado la atención es aquella relacionada con la trifonía de instrumentos bases; no existe ningún vallenatólogo que se respete, que no coincida en ligar el vallenato con tres instrumentos básicos (Caja, Guacharaca y Acordeón), sin desconocer que nuestro folclor no siempre ha dependido del arrugado instrumento foráneo y que sin el también ha tenido glorias, como en las épocas de Bovea, Buitrago y Alberto Fernández.

Lo primero que tenemos que afirmar es que estos tres instrumentos han sido los básicos en el típico merengue dominicano, conocido también como “perico ripiao” (acordeón, güira y tambora).

En la obra “De Santo Domingo al Mundo, El merengue y la bachata” de Carlos Velásquez y Alejandro Ureña, estos dos dominicanos afirman lo que nosotros no nos cansamos de repetir respecto al Vallenato: “Marchena, citando a Julio Arzeno, llama la atención sobre la plasticidad del merengue, su principio germinador y susceptibilidad para artístico desdoblamiento. Está claro que en el decurso folclórico-musical dominicano, “ningún ritmo popular ha avanzado tanto como el merengue y ningún otro, con la mangulina, tiene tanto elemento propicio para su desarrollo, prestándoles a los compositores una fuente propiciatoria para hacer una verdadera obra folklórica”. “Serán estas características las que con el correr del tiempo permitirán que el merengue se prestara a cambios y evoluciones sorprendentes.”

Estoy completamente seguro de que la vertiginosa forma como evoluciona y se adapta el vallenato a las nuevas tendencias y gustos, es la causa fundamental para que nuestro folclor sea la punta de lanza de la música Colombiana.

Una de las discusiones importantes de los investigadores de nuestro folclor consiste en la época en que se pudieron unir los tres instrumentos básicos del vallenato y todos coinciden  en que eso ocurrió no antes de la tercera década del siglo XX; Julio Oñate Martínez refiriéndose al acordeón en su obra el ABC del Vallenato manifiesta: “Parece que el primer modelo constaba de ocho botones en el teclado de los pitos y dos en los bajos, los cuales venían sin ninguna parrilla u otro elemento protector… Este modelo primitivo estuvo en boga desde comienzos del siglo veinte y, tal vez, un poco más tarde…bien entrada la década de los años treinta se popularizó un modelo que ha pasado a formar parte de la leyenda vallenata, porque con uno de ellos Francisco el Hombre tuvo el “encuentro con el diablo”, que  lo convirtió en personaje mítico de nuestra cultura popular. Se trata del conocido popularmente como “tornillo e máquina”.

En la obra dominicana señalada al comienzo se afirma: “la primera referencia documental que se conoce del merengue aparece en el periódico  El Oasis de noviembre del año 1854, en un artículo firmado por “Ingenuo” , seudónimo  que empleaba el poeta Eugenio Perdomo.”
Lo cual deja muy claro que se empieza a hablar de merengue dominicano mucho antes de hablar de Vallenato, pero siguen las coincidencias; observemos lo que dice los autores de allá y los de acá: “Intelectuales de la élite  Urbana como Manuel de Jesús Galván, y Ulises Francisco Espillat  acusaron al merengue de ser un baile indecente de figuras ridículas… A principios del siglo XX el merengue alcanzó los barrios de la ciudad de Santiago, donde ganó fama de ser un baile impúdico.”

Al respecto dice Ciro Quiroz en su obra Vallenato Hombre y Canto : “Incluso la música de acordeón que era la música del pueblo, se escuchaba despectivamente;  tal discriminación de clase la sintetizó el viejo Emiliano Zuleta cuando dijo: “El acordeón no era de la gente, sino de la menos gente”

Los dominicanos manifiestan: “A pesar de su auge entre las masas populares, la clase alta no aceptó el merengue por mucho tiempo, debido a su vinculación con la música africana. Otra de las causas que pesaron sobre el repudio y ataques contra el merengue fueron los textos literarios que lo acompañan, generalmente subidos de tono”  cualquier parecido con nuestra música es mera coincidencia, de ello también se han ocupado varios de nuestros investigadores y como son muchas otras las coincidencias que quiero mencionar en esta columna, esta es la primera entrega  sobre este tema y dejo abierto el debate para que sea enriquecido por ustedes  acuciosos lectores con sus comunicaciones vía correo electrónico.

COLOFÓN:  Esta noche parrandearemos en Bogotá con Gustavo Gutierrez, “Chente” Munive y Adolfo Pacheco, la próxima semana les cuento cómo fue.

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