Walter Arland nace en el epicentro de la Sierra Nevada de Santa Marta, custodiado por los imponentes cerros de Juaneta, Loma Blanca y Piedra Lisa. Circundado por las cristalinas aguas de los ríos Candela y Chicuinya en la paradisiaca población de Atánquez. Su personalidad es cálida y transparente, y nos dice: “El mejor crítico de arte es el que se deja llevar por el sentimiento. Es desprevenido, espontáneo, saborea lo que tiene a la vista”.
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Al estilo de Gaudí quien nace de una familia de artesanos, guardadas las proporciones, Walter nació en el seno de una familia cuya vida y algunas memorias en parte giran alrededor de diseños y tejidos que transmiten su propia historia e identidad, simetría y variedad de diseños que comunican sus propios mensajes; en la familia de Walter, desde su madre doña Oilda Ariza de Arland, y su abuela tejían mochilas y quien sabe cuántas generaciones atrás, diseñando caminos y arabescos guardianes de la memoria de sus ancestros, ambiente donde también pervivía la creatividad de su padre José Celestino Arland, un ebanista, quien en sus obras dejaba plasmado el buen gusto y creatividad al tallar la madera, y de un abuelo con ancestros franceses.











