…Francisco volvió a detenerse. Miró de nuevo al mar. En busca que este le hablara o de coger fuerzas para seguir diciéndole sus cuitas. Se arregló en su mano derecha una vieja cornelina roja que su madre le había dado estando niño, para que todo maleficio se ahuyentara. -Sí que me ha servido-, dijo. –Cuando empecé a tener fama, muchos músicos, como no podían vencerme con su talento, recurrieron a la brujería y tampoco lo lograron-. -En el amor, después de muerta mi mujer, muchas trataron de agarrarme, pero nunca llegaron por amor sino por mi renombre y eso me dolió-. –Por eso les huía-.
Cogió fuerzas y siguió adelante. En un recodo, se levantaba un promontorio de arena blanca. Allí decidió sentarse. Acomodó su viejo pellón, raído por el uso y los años. Puso a su derecha la gruesa rama que lo había acompañado durante un extenso tiempo. Era el momento de escuchar al enigmático espacio lleno de agua, el mismo que desde niño fue un encanto para él. –Ahora sí señor mar, quiero que me diga su verdad-, sentenció Francisco. –Si me miente, es usted quien pierde-. –La mentira nunca gana-.
Una ola con fuerza llegó y sobrepasó hasta donde creía ‘Francisco el hombre’ podía llegar. Se levantó bruscamente y buscó un lugar seco. Se estiró cuan largo era y empezó a escuchar una voz fuerte, cuyo sonido lo cubría todo.











