El tango, la ranchera y el porro son géneros musicales que en su momento conquistaron el gusto de millones de personas en sus países de origen y luego afuera de sus fronteras. Durante años estuvieron de moda, pero cuando nadie imaginaba que su popularidad decaería, se vinieron a menos o quedaron confinados al culto de reducidos círculos de amantes nostálgicos.
En su momento fueron muy populares, tuvieron intérpretes, compositores y cantantes famosos; no obstante, terminaron desplazados por nuevos ritmos, en apariencia de inferior calidad, que hicieron las delicias de nuevas generaciones. Quizás se agotaron por falta de flexibilidad y renovación. Algunos mantuvieron el mismo formato “de la cuna hasta la tumba” creyendo que allí estaba su fortaleza y no su debilidad.
En cambio, hay otros que han perdurado, como sucede con la música vallenata que, con poco más de cien años de antigüedad, mucho tiempo para una música folclórica, sigue viva y cautivando el gusto de millones de jóvenes. ¿Cómo explicar su vigencia? ¿Qué tiene el vallenato que no tuvieron los géneros antes mencionados? La respuesta es simple: innovación. Ese reinventarse, una y otra vez, que tanto fastidia a los puristas del folclor, ha sido el mejor seguro de vida del vallenato.











