Tras seis décadas de matrimonio indisoluble con la yuca, la diabetes obliga a Abel Medina a “partir palito” con el alimento que define nuestra identidad. Una sentida oda a la resistencia y al sabor de la tierra.
Abel Medina Sierra
Un trágico y repentino episodio de cetoacidosis diabética casi interrumpe el hilo de mi existencia recientemente. Esta segunda oportunidad que me concede la vida y el creador viene con un estilo de vida que altera totalmente mi dieta, lo que ahora me lleva a reconocer alimentos tan extraños para mi estómago como la quinua, la chía, la uchuva, el nopal o el yacón.
Este episodio me hizo despedirme de lo que me había acompañado toda la vida: el bollo, la arepa, la papa, la patilla, el mango, el arroz blanco y hasta la tajada y el patacón. Pero si mi estómago, mi apetito y la memoria del cuerpo se resisten a la ruptura con esos alimentos que me han nutrido toda la vida, lo que más “duro” me ha dado es “partir palito” con la yuca. Un golpe letal a seis décadas de matrimonio indisoluble. Así que se me ocurre que, si nuestro sabio guajiro, el obispo Rafael Celedón, dedicó una oda poética al plátano, ¿por qué, en honra y añoranza de esta delicia, no ofrendar esta loa a la humilde pero gratificante yuca?






