Como la lira de Orfeo, en la mitología griega, los cantos de Máximo Movil son sensible armadura contra las penas del alma, fuerza ignota e incorruptible que doma el rebelde corazón de alguna amante y sosiega la furia irredimible del campo. Sus dones revistieron la magia de una noble estirpe que, como la parábola del trigo en tierra fértil, germinó para siempre en las estribaciones del río Cesar.
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Al entrar a su vivienda, con extraño y recóndito celo, abruma el ámbito. Es un derroche de notas celestiales que, en contrito movimiento, deambulan por ahí, de rincón en rincón, cual un pájaro con sus alas rotas. Desde el día de su muerte, en enero de 2002, todo en esta estancia es deletérea intriga, quimera y olvido; y todo en este relato, entonces, es apagada sinfonía, eco triste e idílica perturbación. Colgados en la rústica pared, galardones signados por distinguidos sellos discográficos, plácemes apócrifos y otras espurias vanidades en orfandad, son infame analogía de manchado decoro y laureles en ruinas.











