Magola Moreno siempre fue lo que ahora finalmente es: una pintora. Dibujó desde niña, pero luego de cuarenta años de obediencia y de superar sus propios miedos entendió, o aceptó, lo que dice aquel personaje de Almodóvar, La Agrado, en Todo sobre mi madre: “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que siempre soñó de sí misma“. No aprendió pintura en la academia, no acudió a cursos ni contrató tutores. Nadie le enseñó a hacerlo, salvo su propio ojo, el ojo entrenado que aprende a distinguir la paja del trigo.
Educó su mirada creciendo entre las pinturas primitivista de su mamá, Mayra Paba, y la colección de arte de su papá, Ricardo Moreno, quien alguna vez tuvo una galería en Barranquilla llamada Atenea en la que expuso por primera el pintor Cristo Hoyos su obra. Ella tenía diez años, y tanto la impactaron esos retratos en plumilla de mujeres árabes en entornos domésticos, muchas veces paseó entre ellos, que podría firmarse que ese fue el verbo que hubo en su principio: “Ahí sentí por primera vez la necesidad de pintar”, afirma en la pequeña cabaña en la que vive en Pueblo Bello desde hace más de cinco años.











