Toda música tiene sus ritmos o aires, estos a su vez, su danza y la misma, una coreografía cuya planimetría debe ser evidente, lo que permite determinar: “no hay ritmo sin danza, cuando este no la tiene, es porque no existe”.
El aporte de las diversas familias indígenas, al igual que los africanos y europeos en el Magdalena Grande con relación al vallenato, es evidente y tiene mucho que ver con sus ritmos, danzas, coreografía e instrumentos, entre ellos, lo vocal. En esa búsqueda para descifrar lo que muchos se han negado a ver, reafirmo que “el chicote es el elemento antecesor del son y que los carrizos en manos de ellos, recibieron todo el influjo creativo anterior a la llegada del acordeón”. Con esa verdad cultural, muchos se atrevieron a decir, que los wayúu, nuestros hermanos mayores, no tenían ningún protagonismo dentro de la música vallenata.
En ese proceso de mi parte, incomprendido en muchas ocasiones, encontré las razones que han de poner a pensar al mundo vallenato frente a lo que hasta hace unos años era un imposible: “La Yonna, esa danza matrilineal es la construcción antecesora, para que hoy tengamos el paseo alegre y la digitación rápida que es propia de los músicos guajiros”, cuyos ejemplos relevantes de esa realidad está fundamentada en valores como Luis Enrique Martínez Argote, Nicolás Mendoza Daza, Emiliano Zuleta Díaz, Israel Romero Ospino, Juan Rois Zúñiga y Héctor Arturo Zuleta Díaz.











