En las mejores universidades privadas, y por supuesto en la Universidad Nacional, forman músicos conocedores de la música universal, de la verdadera música, la que por muchos siglos se le ha llamado clásica; porque, a decir verdad, las músicas populares no son sino algo así como fragmentos simples de lo que es una sinfonía.
Un estudiante se gasta una fortuna y dura de cuatro a cinco años preparándose, y después que se gradúa sale a aventurar en un desierto de desocupación frustrante, porque en Colombia a muy pocas personas —se puede decir que son selectos los oyentes— les apasionan Mozart, Vivaldi, Liszt, Beethoven, Tchaikovsky, etc. La Sinfónica de Colombia no alcanza para tantos músicos varados, igual que en las principales ciudades de Colombia, de toda Suramérica y de todo el mundo.
Mientras tanto, con cierta incredulidad e inconformidad, los músicos graduados en Colombia empiezan a descubrir que un pianista, un trompetista, un guitarrista o un bajista empírico trabaja con la agrupación más cotizada del momento. ¡Caramba, sí! Porque, definitivamente, en Colombia, en un 90 por ciento, los éxitos los ponen los músicos empíricos.











