La visita del candidato presidencial Guillermo León Valencia a Valledupar, en 1962, marcó el inicio del proceso que llevó a que la música vallenata sonara por primera vez en el Palacio de San Carlos, en Bogotá, y, posteriormente, en el Club Valledupar.
La primera historia la relata Consuelo Araujo Noguera (Araujo, Consuelo. (2002) Escalona hombre y mito. Bogotá. Ministerio de Cultura). Cuenta que, con motivo de la visita a Valledupar de Guillermo León Valencia, entonces candidato del Frente Nacional, fue organizado un evento social en casa de Oscarito Pupo, que terminó en una parranda vallenata. La animaron Colacho Mendoza en el acordeón y Rafael Escalona: quien le compuso y cantó algunos versos al futuro presidente de la República.
Según Consuelo, en medio del jolgorio, Valencia hizo la promesa de organizar una parranda similar en Palacio de San Carlos, una vez fuera elegido; sin embargo, esta solo se celebró el 25 de noviembre de 1965. El conjunto que la animó estuvo conformado por Colacho Mendoza en el acordeón, Simón Herrera en la caja, Donaldo Mendoza en la guacharaca, además del maestro Escalona.
Fueron dos días de jolgorio. La celebración fue reseñada por la prensa capitalina, que se dividió entre quienes tomaron partido a favor y en contra de lo sucedido. Estos últimos calificaron lo ocurrido en el Palacio como impresentable, improcedente, inoportuno. Incluso, la describieron como una descomedida juerga del presidente con unos “músicos costeños”. Por su parte, El Espectador exaltó la parranda, la música vallenata y la garra que Valencia le dio a Escalona.
Al regalo de Valencia para Escalona, el compositor Armando Zabaleta le compuso la canción La garra, grabada en 1982 por Diomedes Díaz y Colacho Mendoza.
Escalona tiene una garra de águila que Valencia le obsequió
en la fiesta vallenata que él hizo en el palacio presidencial (bis)
Una de las primeras que mató
cuando estaba muy niño en Popayán (bis)
Con su dedicatoria se la dio
ya se la llevan pa´ Valledupar (bis)
Lo sucedido en Bogotá también tuvo repercusión entre los miembros de la clase alta valduparense, que se congregaban en el Club Valledupar. En ese lugar, sus estatutos —en el artículo 62— prohibían la animación de sus eventos sociales con música vallenata. No obstante, algunos de sus connotados miembros fuera de este espacio se divertían con los acordes del acordeón, como lo hacían Pepe Castro, Roberto “El Turco” Pavajeau, Crispín Villazón de Armas.
En Valledupar, uno de los mayores críticos de la parranda en Palacio fue Pedro Castro Monsalvo, político que se desempeñó como ministro de Correos y Telégrafos, de Agricultura y Ganadería, además de gobernador, concejal, diputado y senador del departamento del Magdalena.
Según Consuelo Araujo Noguera, Castro Monsalvo sostenía que no le parecía que en todo un palacio presidencial —en un salón de actos solemnes donde se han reunido los más conspicuos jefes de Estados del mundo—, un presidente vaya a llevar un conjunto típico de música vallenata.
Para entonces, los intérpretes de música vallenata eran vistos como personas marginales, asociadas a oficios como ordeñadores, leñeros y, en general, a sectores empobrecidos de la sociedad. Esa percepción social hacía que su trabajo no siempre fuera valorado económicamente, por lo que, en muchos casos, les pagaban con botellas de whisky o comida. Incluso, según algunos músicos, en oportunidades eran contratados para amenizar parrandas en fincas, y al día siguiente no encontraban al que los contrataba.
Una visión de lo que sucedía con los intérpretes del vallenato la ofrece el maestro Escalona (Llerena Rito. (1985) ‘Memoria cultural en el vallenato un modelo de textualidad en la canción folclórica colombiana’) al señalar que el acordeonero era el tipo que sentaban en un rincón con una botella de ron, una coquita de totuma, menospreciándolo.
En Valledupar, según Víctor Camarillo (Llerena Rito. (1985) ‘Memoria cultural en el vallenato un modelo de textualidad en la canción folclórica colombiana’), estaba prohibido que sonara un acordeón en la plaza. Los acordeoneros solo podían transitar interpretando el instrumento por dos caminos: uno que conducía al cementerio central, pasando por el barrio El Cañaguate; y otro, por Altagracia, que bordeaba la plaza por detrás de la vivienda de Abelino Romero hasta salir a la garita. Camarillo también señaló que fue desde Rafael Escalona para acá cuando comenzaron a hacer verbenas con acordeón y música vallenata en la plaza, después conocida como Alfonso López.
Pero, pese a la oposición de ciertos sectores de la elite de Valledupar, el vallenato, a raíz de lo sucedido en el Palacio de San Carlos, comenzó a abrirse espacio como música para amenizar algunas veladas sociales en el Club Valledupar.
Fue Pepe Castro, sobrino de Pedro Castro Monsalvo, el principal impulsor de que sonara este género musical en este lugar, donde, hasta entonces, solo era permitida la presentación de agrupaciones como la de Pacho Galán, Reyes Torres, Lucho Bermúdez, La Billo Caracas Boys, Los Melódicos.
En efecto, Pepe dispuso la entrada de conjuntos vallenatos al Club. Los primeros en hacerlo fueron: Florentino Montero, en el acordeón; Isaac “Tijito” Carrillo, cantando; José Alfaro tocaba la tumbadora; Adán Montero, el guacharaquero y Juan Corzo en la caja. Ese día inauguraron el salón vallenato.
Este hecho permitió que la música vallenata sonara en el Club Valledupar. Tanto así que, cuando organizaron una actividad para recaudar fondos con miras a la creación del Departamento del Cesar, Florentino Montero, Isaac “Tijito” Carrillo y el resto del conjunto estuvieron entre los animadores.
Por: Álvaro Rojano Osorio







