A finales del siglo XVIII, el obispo de Cartagena Gregorio Molleda y Cherque quiso prohibir la fiebre por el baile del fandango o bunde que contagiaba los arrabales, apartado de los salones elitistas. La música y los bailes de los sectores populares estaban en el ojo del rigor eclesiástico, porque despertaban las bajas pasiones.
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El Rey de España pidió una investigación, y el Gobernador de Cartagena le dijo: “Debe prohibirse el bunde la víspera de las fiestas porque al día siguiente nadie quiere ir a misa por estar fatigados y de mala gana”. Era una señal de lo que se vendría siglos después. Una afluencia de ritmos y composiciones musicales sin precedentes en la música popular en el mundo, no solo en el Caribe sino en todo el país.











