La primera impresión es que es una película muy larga, convertida en una serie de la nueva televisión que ahora es el ‘streaming’, que te las va entregando en capítulos. Primera sorpresa: hay un narrador que, en tercera persona, va adelantando la historia, dominando el sonido y la escena. El escritor narra, cuenta.
La génesis está en la vida personal de Gabriel García Márquez: en Barrancas, en la vieja provincia del Valle de Upar, el abuelo Nicolás Márquez, en un duelo de caballeros, ha dado muerte a Medardo Pacheco. Era legal, aceptado, pero ese muerto se le aparecía a Nicolás, aumentaba los fantasmas y peores presentimientos de su esposa Tranquilina Iguarán, natal del Río de Hacha. Ambos deben emigrar a mejor destino.
Pronto se encontrarán el mar, quizá siguiendo la marcha del río Rancheria hasta el puerto de los Iguarán, pero en la ruta de los caminantes -pasando por Santa Marta, el otro puerto- la estirpe se dirigirá hacia el interior, hasta las bananeras. La historia real que marcará la historia novelada, la ficción.











