No busca llegar a Alaska ni tiene un destino final en el mapa. Julio Gaillard, un rosarino de 45 años, no viaja para llegar, sino para vivir. Desde hace siete años, su hogar tiene ruedas y su combustible es la música. Tras recorrer Argentina y buena parte de Sudamérica, este cantautor llegó a la Capital Mundial del Vallenato para enfrentar lo que él mismo define como su mayor desafío cultural: hacer que el tango dialogue con el acordeón.
De la supervivencia al escenario
La historia de Julio con el canto no nació en los grandes teatros de Buenos Aires, sino en las calles de Popayán tras la pandemia. Lo que empezó como una estrategia de supervivencia económica se transformó en un estilo de vida que ya cumple cinco años de profesionalismo absoluto. “El tango me abrió puertas infinitas en Colombia; me encontré con tangueros que saben más de nuestra cultura que nosotros mismos”, confiesa entre risas.
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Un puente entre la chacarera y el bambuco
Gaillard no solo interpreta tangos clásicos como “Por una cabeza”. Su espectáculo es una travesía audiovisual que conecta las venas abiertas de América Latina. En sus presentaciones, el público puede saltar de una chacarera argentina a un bambuco colombiano, descubriendo que, a pesar de los kilómetros, rítmicamente somos primos hermanos. Incluso se atreve con el quechua y el portugués, lenguas que aprendió a habitar mientras cruzaba Perú y Brasil.











