Bien entrada la década del setenta, del pasado siglo, Riohacha, Sincelejo y Valledupar no contaban con universidad, y en los pueblos había escuelas y colegios en donde el ingreso era voluntario y la calidad académica, en la mayoría, precaria. La tasa de analfabetismo era alta, porque los padres preferían iniciar a los hijos en otras labores; y solo unos pocos ‘visionarios’ los educaban, pensando en un futuro más promisorio.
Esa circunstancia propiciaba que la oralidad fuese el vehículo más dinámico de comunicación, un filón cultural importante, debido a que se conservaba una tradición que solo se expresaba mediante el voz a voz. Sucedía con la música (Gabo hizo universal a Francisco El Hombre), pero también con la literatura; en Codazzi, quien escribe estas líneas, tuvo noticias de «Las mil y una noches» en las narraciones orales que en noches de luna hacía una señora que no había aprendido a leer, pero sí le sacaba provecho a un prodigio de memoria que le dio la gracia para contar a viva voz los cuentos de las noches árabes.
LA INFLUENCIA DE LA RADIO
Por esa época, desde las seis de la tarde, emisoras de Barranquilla cedían espacio a versátiles decimeros y troveros, quienes mediante la armonía del canto transmitían usos, costumbres y picardías que los sueltos o ligeros de lengua (igual hombres que mujeres) esparcían por calles y plazas pueblerinas. Esta oral tradición fue desapareciendo al paso que se angostaba la franja de analfabetismo, desde que el Estado volvió obligatoria la educación primaria.











