En diciembre del año pasado, cuando llegué a Valledupar, mi tierra del alma, pasé a saludar al Dr. José Antonio Murgas, y a mi tía querida, Lely Maya, mi “tía universal”, como la de la canción de Kaleth Morales. Hablé con él, como siempre, de libros y de lecturas, que era nuestro tema más importante. Le pregunté por su salud, pero no me explicó mucho. Sin embargo, era evidente que su cuerpo ya le cobraba sus noventa y tres años bien vividos, pero su cerebro estaba, como siempre, lúcido y agudo. Me reclamó por mi libro, que le quedé debiendo, y hablamos de la novela de Ciro Quiroz Otero, “La maldición de los Artuz”. Salí triste luego de detallarlo bien, pensé, de manera premonitoria, que quizás sería la última vez que podríamos hablar… Así es la vida.
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Antes de seguir este texto difícil, sobre José Antonio Murgas Aponte, debo confesar a mis pacientes lectores, que estas son palabras sesgadas, me unía al “Dr. Murgas”, como siempre lo llamé, una gran admiración y un aprecio, por tantos años de tratarlo y escucharlo con mucha atención. No es fácil escribir sobre una persona a la cual estamos tan ligados. Igual a Lely Maya Calderón, matrona de toda mi familia, y de buena parte del Novalito y del Valle, ya que ella lo único que sabe hacer es servir y servir; hacerle favores a todo el mundo, a riesgo de su propia tranquilidad y bienestar. Mi tía Lely es así.











