La primera vez que Miguel ‘Happy’ Lora llegó a su casa después de practicar boxeo, a mediados de los años setenta, su mamá, Mercedes Escudero, le quemó la pantaloneta de ejercicios y le despedazó los guantes. Quería acabar de tajo su gusto por ese deporte, y para asustarlo y convencerlo, le recordó que él pesaba solo 45 kilos.
—Me dijo: “¿Tú estás loco? ¡Aquí no me vuelvas más con esto porque ese deporte no me gusta! ¡Ese es un deporte para gente fuerte y tú estás muy flaquito!” —recuerda Happy.
Su cara no tiene una sola cicatriz de los más de cuarenta contrincantes que enfrentó hace cuatro décadas. Recibió pocos golpes. Ese fue su secreto. En su rostro se impone, sí, la figura de su emblemático bigote, hoy entrecano, que le cubre la mitad del labio superior. Sin él, su semblante no sería el de un adulto, sino el de un chico de mirada infantil que levanta sus cejas ante las más pequeñas impresiones. Los más de 80 kilos que pesa hoy, treinta más de los de aquel Happy que ganó el campeonato mundial de boxeo la noche del 9 de agosto de 1985, no le han disminuido su agilidad, parecida a la de alguien que esquiva culebras en un camino.











