A partir de los años sesenta del pasado siglo, este poeta popular “complementó” los versos de los juglares de las primeras generaciones con unos versos más elaborados y llenos de riqueza lírica en donde la metáfora y otras figuras llenaron de sentimiento los cantos vallenatos.
Conocí personalmente a Gustavo Gutiérrez, apenas hace algunos años. Es flaco, irremediablemente flaco, retraído, quedo, muy quedo como dirían en Macondo, para referirse a aquellos que por dentro tenemos un sentimentalismo permanente, “que andan como zurumbáticos,” dicen en el Caribe. Como si de un alma herida se tratara, de alguien con una perpetúa pena por dentro. “Es que andan como idos”, le escuché alguna vez a una vieja atanquera.
“Es algo que yo no me he podido explicar nunca, pero es un sentimiento que llevo por dentro, como una tristeza de siempre”, me dijo él como si quisiera disculparse, en un momento de alguna de las varias conversaciones que tuvimos antes y después de este primer encuentro personal, tantas veces por mí anhelado, desde los primeros tiempos. Además, es tímido distinto del esquema que en muchos escenarios se ha formado del hombre del Caribe. Aunque, Gustavo nació y creció rodeado de sabanas, de montañas y de la vigilancia perpetua de las nieves insondables de la Sierra Nevada de Santa Marta a su valle querido, su Valledupar del alma.











