El vallenato en sus diversos tiempos ha logrado estructurar sus ritmos, danzas y obras, ha podido hacer música para producir y reproducir versos, que con el tiempo se han convertido en un repertorio clásico, en donde la mayoría de las veces la gente lo toma sin percatarse de su valor y sin darse cuenta que ellas le han hecho el quite a la “fosilización” a la que muchos sabios pensadores de nuestra música la han pretendido remitir.
Una prueba de ello es la obra “El amor amor” de José León Carrillo Mindiola compuesta en 1838 y que se ha reproducido por más de 180 años y todavía tiene vigencia, junto con “El desaire” también de su autoría compuesta dos años después, cuya base melódica es un chicote de destacado uso entre los indígenas en Atánquez, obra que luego fue tomado por Gustavo Rada Ojito en 1943, en una visita que hizo a esa población con Francisco Rada Batista y que terminó titulada “La puerca” grabada por Luis Carlos Meyer, de gran trascendencia dentro y fuera de nuestro territorio patrio.
Toda esa construcción musical sirvió de base para que existiera el reto a través del verso antes y después de Francisco Moscote Guerra, quien es el personaje que la vuelve visible, al ser el portador de la leyenda porque pudo vencer al “diablo músico”, que le echó unos versos entre ellos, “soy el diablo desatao, quiero enfrentarme contigo, que de lejos he llegao, voy a derrotá a Francisco”. El músico guajiro sacó su acordeoncito de una hilera y bajos de lengüeta le hizo un registro y empezó a recordar los versos de sus antepasados negros y con base en las décimas del “credo al revés”, modalidad creada por los negros marginados luego de trabajar en la explotación de las perlas, que fue considerada por la iglesia como música maldita. Mi padre Rafael Carrillo Brito me repitió hasta el cansancio siendo un niño, un verso en décima que le escuchó a Francisco Moscote Guerra en la Sierra de los Brito en 1944, en donde estuvo Francisco Irenio Bolaños Marzal, Santander Martínez, Julio Francisco y José Dolores “Lole” Brito, Luis Enrique Martínez, en donde la familia Brito desarrollaba su famosa “mudanza”: “Yo soy un negro rebelde, difícil de derrotar y te voy a contestar, mi mente nunca se pierde, la iglesia ya no me quiere, después que me ha usado tanto, estoy solo y con quebrantos, soy de mi raza el orgullo y voy a gritarle al mundo, estos versos de mi mente”. El hijo de Ana Juliana Guerra y José del Carmen Moscote, después de ese enfrentamiento, el cual se regó por toda la provincia de Padilla, podía decir con orgullo que con su acordeón le ganó al mal y logró que la piqueria se constituyera en el referente especial que tenía el verseador o repentista para atacar y defenderse. En ese instante, generó dos expresiones muy ligadas a nuestra música vallenata: “La leyenda” y “La Piqueria”, dos expresiones que siguen pegadas del cordón umbilical de nuestra música.











