Nadie sabía lo que podía ocurrir. Fue un día de mal suceso que ni Marena Talco, la adivina de la aldea, pudo hacer el vaticinio como solía hacerlo con las tripas tibias de las cabras que destazaba Brígido en su traspatio.
Era ella la agorera que con su arte adivinatorio se adelantaba en el tiempo cuando en años caídos un forastero ponía sus pasos en el camino de Trapichejo, ese lugar punteado de casa pajizas en una hondonada serrana, que, por un borrón en la memoria de la gente de más allá de sus montes, lo habían dejado sin pasado y sin presente.
Aquella madrugada todos los pájaros levantaron vuelo hacia otros parajes, y hasta el palomar de Nacho había quedado vacío. Tampoco cantaron los gallos en ese amanecer que cambiados por los aullidos de los perros, advertía un ambiente de espanto. Sólo éstos, con los rabos contraídos, pero fieles a su devoto sino de lealtad, se encerraron con sus amos tras las trancas de las puertas.






