En el centro histórico, donde lo usual es la música vallenata, el Teatro Maderos propone una revolución silenciosa y poética: aquí, las matemáticas no se aprenden con manzanas, sino con sueños, esperanzas y desilusiones. En este espacio, la lógica tradicional se transforma en una ecuación vital, donde los números se mezclan con emociones y los resultados nunca son predecibles.
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Recién se apagan las luces y brilla solo un punto del escenario, las “Fábulas del amor y la tristeza” abre con una pregunta insólita: “¿A qué es igual una libra de esperanzas con otra de desilusiones?”, inquiere el maestro Asudiamsan. La respuesta no tarda en llegar, y no proviene de un pizarrón ni de un libro de texto, sino de una muñeca que está a punto de convertirse en mujer, Aura: “A dos libras de sacrificio”, responde con una certeza juvenil. El maestro sonríe, satisfecho, y lanza otro enigma: “¿Y la suma de dos soles de soledad con una mañana de sueños?”. La muñeca, sin dudar, responde: “A dos años de romperse la cabeza”. El público, entre la risa y la reflexión, entiende que en Teatro Maderos las matemáticas son, ante todo, un ejercicio de humanidad.











