En el silencio reverencial del Archivo General de Indias en Sevilla, bajo el eco de los legajos de la Sección Santa Fe, el destino concedió a mis manos un documento cuya existencia parecía confinada al etéreo reino de la memoria oral. Se trata del plano titulado “Proyecto del camino desde Nueva Valencia y Valle Dupar hasta la ciudad de Santa Marta”. Este hallazgo es validación empírica de una herencia inmaterial que, por siglos, habitó en los relatos de los baluartes de Valencia de Jesús.
La tradición, transmitida con celo por figuras de la talla del recordado Juan Bautista Morales Montero —erudito de nuestra historia cuya ausencia aún gravita como una sombra melancólica sobre la Hermandad de Jesús Nazareno—, nos hablaba de una ruta mística y tortuosa. Aquellos “antiguos”, como Carmelo Quiroz Fragozo, Milciades Rodríguez, Fabio Fernández Villazón, Eusebio Rosado, Teobaldo Guerra, entre otros, cuyos nombres resuenan con la autoridad de la experiencia, describían un sendero de mulas y fe que conectaba el Valle con el mar. Hoy, la ciencia cartográfica del siglo XVIII nos da la razón; el camino existió, y su trazo es el testimonio de una lucha titánica contra la indómita geografía americana.
No obstante, esta validación documental nos obliga a reflexionar sobre la naturaleza ontológica de la tradición oral, la cual, si bien es el alma de los pueblos, reside en un equilibrio precario entre la preservación y la distorsión. La memoria supérstite, al carecer del rigor del registro fáctico, suele estar sujeta a la erosión del tiempo, al anacronismo o a la hipérbole mítica, lo que a menudo relega testimonios de incalculable valor al nebuloso terreno de la fábula. Por ello, el hallazgo de esta cartografía rescata un trazado físico que redime la palabra de nuestros ancestros, rescatándola de la vulnerabilidad del olvido y otorgándole la categoría de verdad histórica irrefutable.






