Desde niño quise hablar con el acordeón, por eso siempre corrí detrás de los mayores para que me contaran todo lo de él. Quise tenerlo cerca y poder preguntarle cómo nació, creció y pudo llegar a nuestra tierra Caribe.
El tiempo pasó y un día siendo un jovencito, lo tuve en mis manos. Dejé que se reposara por el agite que vive. Me senté a mirarlo. Duré el tiempo prudente para empezar a decirle lo que sentía.
Estaba en una casa de adobe y techo de palma, de un pueblo de La Guajira milenaria, cuyas viviendas estaban construidas en desorden, con un letrero a la entrada que decía: se arreglan acordeones.











