En La Guajira termina y empieza Colombia. En el extremo norte de este país adolorido que sigue arrastrando sus viejas y nuevas heridas con una persistencia que a veces abisma. La gente del desierto habitó estas tierras desde siempre. El pueblo wayuu es el más numeroso de los indígenas colombianos. Su lengua es la segunda más hablada en el país después del español. Pastores, pescadores expertos, gente de la sal, la nación wayuu, en sí misma, es un territorio que comprende tanto Colombia como a Venezuela y que deberíamos imaginar de nuevo. Las fronteras administrativas son límites relativamente nuevos en nuestra historia y han dividido lo que no tiene partes, que es la cultura.
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Por La Guajira, además, llegó el acordeón, y su comercio hacia el interior del Caribe creó, después de las guitarras que componían sones, el vallenato moderno, género que tiene su cuna en San Juan del César. En Manaure los wayuu cultivan la sal, que tendría que reconocerse como un oficio cultural. En Maicao está la mezquita más grande del país. En las rancherías del desierto hay saberes ancestrales que tienen en su haber una de las formas de organización política y territorial más eficaces de las que tengamos noticia, aunque muchos la hayan querido convertir, desde las ciudades letradas, en culturas de la violencia.











