CULTURA

Beatriz González: la maestra que pintó nuestras heridas con colores que duelen y sanan

Artista fundamental del arte colombiano, Beatriz González convirtió el dolor y la memoria del país en una obra que interpela, duele y permanece.

Con el corazón en la mano y el pincel en alto, Yarime.

Con el corazón en la mano y el pincel en alto, Yarime.

canal de WhatsApp

Querida Beatriz,

Maestra, porque así te llamábamos quienes entendíamos que tu pincel era testigo y memoria de lo que Colombia prefiere olvidar.

Este 9 de enero de 2026, te fuiste a los 93 años. Naciste en Bucaramanga en 1932, en esa tierra de montañas calladas, y dejaste un silencio que solo tus cuadros pueden llenar. Cerraste los ojos, pero tus obras siguen abiertas, gritando verdades que queman el pecho.

Desde pequeña quisiste ser artista. Una monja vio tu mandarina dibujada a los diez años y exclamó: “¡Una artista!”. Y vaya si lo fuiste. Estudiaste con Roda en Los Andes, viajaste a Rotterdam, volviste y te convertiste en la cronista más filosa de nuestra historia. No pop neoyorquino: pop de provincia, como decías con esa ironía santandereana que corta.

Los suicidas del Sisga (1965) fue tu llegada arrolladora. Esa foto de prensa, esa pareja que se lanzó al abismo al día siguiente… la tomaste, la torciste con colores planos y ganaste el Salón Nacional. La crítica la llamó “un Botero malo”. Error. Ahí nació tu mirada: las tragedias cotidianas que el país hojea y desecha.

Pintaste presidentes con penachos ridículos, muebles de casa popular convertidos en escenas de violencia, cortinas y cobijas como escenarios de nuestra comedia trágica. Turbay entre condecoración y crimen, porque así hemos sido: un país que oscila entre el aplauso y el horror.

Luego llegó el dolor más hondo: Palacio de Justicia, el reclutamiento de tu hijo, la guerra sin fin. Tu paleta se volvió cruda. Auras anónimas en el Cementerio Central: siluetas de hombres cargando cadáveres, repetidas en miles de nichos. No es solo arte; es resistencia contra el olvido. Pintaste el cuerpo torcido por la carga para que nadie pudiera decir “no lo vi”.

Tu obra es doméstica y gigantesca a la vez. Metiste la historia grande en la sala, en el mueble, en la cortina. Nos obligaste a mirarnos en nuestro espejo roto, con humor ácido, ironía y belleza dentro del horror. Como dijiste: el arte cuenta lo que la historia calla.

Hoy, desde Las Montañas de Chigüachía, donde pinto con colores caribeños y escribo para recordar, te despido con gratitud inmensa. Nos enseñaste que el arte no adorna: testimonia, duele, sana, recuerda. Que una pintora de provincia puede ser universal sin dejar de ser tan colombiana.

Gracias, Maestra, por pintar nuestras heridas con colores que duelen y nos hacen seguir. Tu legado crece como esas auras anónimas que custodian el cielo de Bogotá.

Con el corazón en la mano y el pincel en alto, Yarime.

Temas tratados
  • arte
  • valledupar
  • vallenato

TE PUEDE INTERESAR