Por Mariaruth Mosquera
A medida que van entrelazando los hilos con mágica y sagrada destreza, los van impregnando de pensamientos buenos para que el tejido tenga energías positivas. “Tejer es pensar”. Es lo que dice Juana Mercedes Arias Gutiérrez, una de las tantas mujeres que con sus manos, su amor y saberes han sido artesanas de la memoria kankuama que se lee desde la ancestralidad o desde los caracoles, peines, cerros, caminos y otros dibujos que toman forma en los cuerpos de las mochilas de fique.
Cuando su tejido dibuja un ramo es porque su pensamiento las ha llevado a las hojas de mango o de café, si es un camino entonces han pensado en los senderos que van dejando las huellas de los caballos en lo alto de los cerros; “un rombo es la semejanza de los cerros y cuando tejemos los cerros cuadrados, estamos haciendo las cuatro esquinas del mundo”; explica y da orientación sobre los diseños masculinos, como el árbol, el caracol que sube a la cima; o los femeninos como el cambiro.











