En el año 1975, no le perdía pisada a los hermanos Zuleta que ya me habían grabado algunas canciones y pendiente de un próximo LP buscaba el chance de estar en las frecuentes parrandas donde actuaban. Fue la época en que me fui con ellos a Riohacha donde sería grande el festejo por el cumpleaños de Jorge Gómez, un reconocido comerciante, compadre de Emilianito. Después de dos días de parranda el remate fue con una fiesta bailable donde uno de los allegados al anfitrión. Allí tuve la oportunidad de departir y danzar con una preciosa jovencita de escultural cuerpo y ojos vivarachos de nombre Indira Gómez a quien dediqué unos versos en una improvisación con los Zuleta al final de la fiesta. Le prometí que volvería después a visitarla, pero el celular todavía no existía y las comunicaciones vía Telecom eran casi imposible. Tenía mi residencia en Barranquilla y no volví a saber de la joven, pero su recuerdo estaba ahí cerquita.
Pasaron algunos meses y cualquier día llegó a mi casa Israel Romero acompañado de un joven llamado Lácides Redondo Aragón, hermano de Enrique Coronado Aragón, jefe del clan Valdeblánquez, que en la época mantenía un cruento enfrentamiento con los Cárdenas de Santa Marta, pero de origen guajiro, Lácides sencillamente quería conocerme, pues le gustaban mis canciones y él tenía algunas inquietudes para tratar de componer una obra musical.
Iniciamos una relación amistosa bastante cercana llegando a ser hasta compadres de sacramento al bautizarle el segundo de sus hijos, Eduardo David. Nos visitábamos con frecuencia y yo asistía a fiestas y parrandas que su hermano Enrique hacía con los Zuleta.











