Tiene una figura monumental de abuelo feliz y satisfecho que llegó a la cumbre de sus más de noventa y tres años. Sin embargo, Alberto Fernández Mindiola aún se mantiene con el entusiasmo y alegría de los primeros tiempos.
Llegó de Atanquez, un pueblito enclavado en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, en su momento, a una hora de la que hoy es la capital del Cesar.
En Valledupar, su primera escala en la primera mitad del siglo pasado conoció a quien sería uno de sus más grandes amigos, compadre y hermano de la existencia, el compositor Rafael Escalona Martínez, para muchos el más grande contador de historias del cantar vallenato.











