Ramón González, era su nombre, él quiso adentrarse en el mundo de los conjuros, remedios y “contras” para hacerle el quite al mal de ojos.
LA VOCACIÓN
Un abuelo herbolario y curandero, sabio en bebedizos, sobos y cataplasmas, le habían sacudido la inquietud de saber lo que otros no sabían. Por eso él, ‘Moncheloco’, Ramón González, por nombre formal, quiso adentrarse en el mundo de los conjuros, remedios y “contras” para hacerle el quite al mal de ojos, a la llamada “muerte de repente” y al cólico miserere, entre otros males.
Su padre, Bartolo Daza, desapegado de esos quehaceres menudos y extraños, quiso apartarlo de ese gusto por los “secretos” para que centrara su atención en aprender las letras y hacer los números en la escuela de Virgilio Soto, aunque, él mismo, un Jueves Santo, para convencerse que no había castigo divino, como se decía entonces, para quienes comieran carne ese día, había arrimado tacanes para dorar unas vísceras de vaca que le habían regalado en el coso, pero dos catanejas descendieron en vuelo de remolino y se colaron por la ventana de la cocina, metiéndose en la candelada del fogón y, sin el chamusque de las plumas, asidos de sus picos se llevaron humeantes los trozos de asadura.











