Yo siempre tuve costumbre
de ser amable con la mujer,
y cuando me enamoraba
yo me entregaba sin condición.
El hombre al que la soledad lo hizo grande y fue su compañera permanente tuvo la gran virtud de ver con los ojos del alma. De esa manera, en una amplia franja de tierra y conectado a su pensamiento pudo ver a una mujer sonreír. La misma que lo hizo soñar sentado a orillas del río Tocaimo.
Esa era la dimensión de Leandro Díaz, el compositor guajiro que se conformaba con agarrarle las manos a una dama, escuchar su voz para inspirarse, regalarle versos y melodías cuando se lo dictaba su noble corazón.











