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Columnista - 17 febrero, 2010

Cultura ciudadana

Por: Basilio Padilla Los problemas de decencia, educación y cortesía, son estrechamente ligados a la cultura ciudadana de todos.   En nuestra región y en nuestro país tenemos que recorrer un gran tramo para obtener los niveles culturales que nos distingan como sociedad moderna. Con la presente campaña política se presenta el grotesco espectáculo de los […]

Por: Basilio Padilla

Los problemas de decencia, educación y cortesía, son estrechamente ligados a la cultura ciudadana de todos.   En nuestra región y en nuestro país tenemos que recorrer un gran tramo para obtener los niveles culturales que nos distingan como sociedad moderna.
Con la presente campaña política se presenta el grotesco espectáculo de los afiches pegados a cuanto poste de redes eléctricas, paredes casas, edificios, etc., y éstas son las personas que buscan representarnos en el Congreso. La única explicación es la falta total de cultura y el hecho de que somos un país del  tercer mundo, donde los carros son mucho más importantes que las personas.  La cortesía prácticamente no existe y pobre de aquel que se atreva a pasar la calle en la presencia de un vehículo. Es tanto el temor, que en muchas ocasiones este servidor le señala a alguien que pase y esa persona dice que no porque piensa que yo le pido esto para arrollarlo a propósito. Muy distinto a lo que sucede en Canadá y los Estados Unidos, donde los ciudadanos tienen el derecho a las vías públicas. Lo peor es que esto sucede en todo nivel de nuestra sociedad local, incluyendo bancos, tiendas, oficinas, dependencias públicas departamentales y municipales, y en la calle con los carros de mula, taxis y bicicletas. En las mañanas ya uno no puede caminar hacia el río porque la vía peatonal es ocupada por todas las bicicletas, que si uno no se aparta, pueden fácilmente arrollar a la persona. En las instituciones bancarias es como si el cliente le fuese a hacer un favor al banco, siendo que este se beneficia de todas las transacciones de ellos. En las oficinas públicas, la culpa es del servidor público, así como también el ciudadano que se presenta sin una previa cita. El espectáculo aquí es peor, consistiendo en una gran multitud de personas, pero sólo aquellas que tienen influencia van entrando a dichas oficinas.
El día de ayer me paré en el puente del río Guatapurí durante mi rutinaria caminata y mirando hacia abajo me dio tristeza el sinnúmero de botellas y demás basura que se veían en el casi seco margen del río. Me da angustia también que en los discursos políticos, en la ciudad se habla del “gran turismo” que el río puede generar, pero que realmente esas personas no le han echado un vistazo a la destrucción que estamos haciendo de este patrimonio, y tampoco se ve la intervención de los organismos ambientales.   La última vez que mi hijo se bañó en el río, duró 6 meses en tratamiento para hongos de la piel, lo cual indica que a estas aguas también hay que hacerles conteos bacterianos y aconsejar a la gente si son seguras o no.
Nuestra cultura latina es difícil de cambiar porque nos hace falta educación y porque desde temprano no se inculcan modelos educativos de respeto, cortesía y caballerosidad. Estos dotes tan importantes para toda sociedad son amenazados por otros vicios como es la delincuencia, violencia y  el crimen, es decir, rige el adagio que  cada cual se salve como pueda.   La intervención de los organismos del orden público es al menos regular o mediocre, debido a la  gran corrupción económica que existe dentro de estas instituciones. Hemos llegado al punto de decir que aún en nuestros organismos judiciales, la gran sospecha es que el pague primero gane, y los autores de los ilícitos no tienen ningún inconveniente en mentir o traer testigos falsos para que los casos se resuelvan favorablemente. Dentro de este sistema fácilmente corruptible, existen algunos que tienen sus conciencias limpias y tratan de  obrar correctamente. Basta decir que este estado de cosas sólo encontrará una solución adecuada en los salones de clase y también en la disciplina forzada, las multas y otras penas que los organismos indicados impongan sin tener en cuenta el escalón social de cada uno.

Columnista
17 febrero, 2010

Cultura ciudadana

Feel the sand on your feet, not your wardrobe weight.
Basilio Padilla

Por: Basilio Padilla Los problemas de decencia, educación y cortesía, son estrechamente ligados a la cultura ciudadana de todos.   En nuestra región y en nuestro país tenemos que recorrer un gran tramo para obtener los niveles culturales que nos distingan como sociedad moderna. Con la presente campaña política se presenta el grotesco espectáculo de los […]


Por: Basilio Padilla

Los problemas de decencia, educación y cortesía, son estrechamente ligados a la cultura ciudadana de todos.   En nuestra región y en nuestro país tenemos que recorrer un gran tramo para obtener los niveles culturales que nos distingan como sociedad moderna.
Con la presente campaña política se presenta el grotesco espectáculo de los afiches pegados a cuanto poste de redes eléctricas, paredes casas, edificios, etc., y éstas son las personas que buscan representarnos en el Congreso. La única explicación es la falta total de cultura y el hecho de que somos un país del  tercer mundo, donde los carros son mucho más importantes que las personas.  La cortesía prácticamente no existe y pobre de aquel que se atreva a pasar la calle en la presencia de un vehículo. Es tanto el temor, que en muchas ocasiones este servidor le señala a alguien que pase y esa persona dice que no porque piensa que yo le pido esto para arrollarlo a propósito. Muy distinto a lo que sucede en Canadá y los Estados Unidos, donde los ciudadanos tienen el derecho a las vías públicas. Lo peor es que esto sucede en todo nivel de nuestra sociedad local, incluyendo bancos, tiendas, oficinas, dependencias públicas departamentales y municipales, y en la calle con los carros de mula, taxis y bicicletas. En las mañanas ya uno no puede caminar hacia el río porque la vía peatonal es ocupada por todas las bicicletas, que si uno no se aparta, pueden fácilmente arrollar a la persona. En las instituciones bancarias es como si el cliente le fuese a hacer un favor al banco, siendo que este se beneficia de todas las transacciones de ellos. En las oficinas públicas, la culpa es del servidor público, así como también el ciudadano que se presenta sin una previa cita. El espectáculo aquí es peor, consistiendo en una gran multitud de personas, pero sólo aquellas que tienen influencia van entrando a dichas oficinas.
El día de ayer me paré en el puente del río Guatapurí durante mi rutinaria caminata y mirando hacia abajo me dio tristeza el sinnúmero de botellas y demás basura que se veían en el casi seco margen del río. Me da angustia también que en los discursos políticos, en la ciudad se habla del “gran turismo” que el río puede generar, pero que realmente esas personas no le han echado un vistazo a la destrucción que estamos haciendo de este patrimonio, y tampoco se ve la intervención de los organismos ambientales.   La última vez que mi hijo se bañó en el río, duró 6 meses en tratamiento para hongos de la piel, lo cual indica que a estas aguas también hay que hacerles conteos bacterianos y aconsejar a la gente si son seguras o no.
Nuestra cultura latina es difícil de cambiar porque nos hace falta educación y porque desde temprano no se inculcan modelos educativos de respeto, cortesía y caballerosidad. Estos dotes tan importantes para toda sociedad son amenazados por otros vicios como es la delincuencia, violencia y  el crimen, es decir, rige el adagio que  cada cual se salve como pueda.   La intervención de los organismos del orden público es al menos regular o mediocre, debido a la  gran corrupción económica que existe dentro de estas instituciones. Hemos llegado al punto de decir que aún en nuestros organismos judiciales, la gran sospecha es que el pague primero gane, y los autores de los ilícitos no tienen ningún inconveniente en mentir o traer testigos falsos para que los casos se resuelvan favorablemente. Dentro de este sistema fácilmente corruptible, existen algunos que tienen sus conciencias limpias y tratan de  obrar correctamente. Basta decir que este estado de cosas sólo encontrará una solución adecuada en los salones de clase y también en la disciplina forzada, las multas y otras penas que los organismos indicados impongan sin tener en cuenta el escalón social de cada uno.